
La mayor parte de la actividad humana en la Antártida se lleva a cabo en los meses de verano. En invierno los días se acortan, las dotaciones permanentes de las diversas bases se reducen y los visitantes desaparecen. Durante el solsticio de invierno, más allá del círculo polar no hay día y la temperatura desciende frecuentemente a 70° C bajo cero ( la más baja, 88° C bajo cero, se registró en agosto de 1960 en la base rusa Vostok). En esas condiciones, con sólo nieve y hielo, parece imposible que se mantenga la vida.
Sin embargo existen algunos organismos que logran sobrevivir el invierno antártico. Es cierto que no lo hacen en las nieves y hielo de los glaciares, sino en las rocas. Son bacterias, algas y hongos microscópicos que viven en los poros y fisuras de las rocas traslúcidas. Allí, donde penetra la luz, se forma un “micro invernadero” con temperaturas que permiten mantener la vida. Estos microorganismos usan la luz para foto-sintetizar el anhídrido carbónico (CO2) y la poca agua que les lleva el aire. Cuando se va la luz y el frío es excesivo, detienen temporalmente su metabolismo.
El siguiente nivel de vida que subsiste en tierra son los líquenes. Estos son una combinación de dos plantas: un alga y un hongo. El alga hace la fotosíntesis (con energía de la luz convierte CO2 y agua en carbohidratos y oxígeno) mientras el hongo la sujeta a la roca y retiene para ella el agua. Una asociación (llamada simbiosis) que permite a ambos organismos sobrevivir donde ninguno podría hacerlo solo. Estos organismos crecen tan lentamente –sólo durante un par de días al año– que son probablemente los más longevos que existen, con miles de años de vida. Aparentemente secos, reviven tras más de 15 años al recibir agua. Los líquenes, aunque menos longevos, se secan y tornan quebradizos en invierno, para revivir con el agua en verano.
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