
Al hablar de virtudes, en casos anteriores, he creído necesario aclarar que no pretendo entrar en el campo religioso. Al hablar específicamente sobre la Caridad, esta aclaración es fundamental, porque es uno de los conceptos transcendentales sobre los que se han escrito volúmenes enteros a los cuales no pretendo añadir (ni quitar) nada.
La caridad de la cual me ocuparé aquí es la que entendemos cuando decimos que alguien es “caritativo” o hablamos de “obras de caridad”. Llamémosle la caridad cotidiana e intranscendental, pero no por eso menos complicada. Los escépticos dicen que es fruto de muchos otros sentimientos y que, si analizamos a fondo, ningún acto de caridad es realmente tal, sino que obedece a motivaciones que van desde el instinto de conservación hasta la vanidad y desde la autodestrucción hasta el orgullo. No cabe duda de que no todo acto de desprendimiento es sincero y de que no toda obra de bien está motivada por el desinterés. Sin embargo esto no da derecho a generalizar, y hay que admitir que la historia de la humanidad está llena de actos que demuestran que siempre ha habido hombres desprendidos y sinceros.
Amar a toda la humanidad es difícil, y se hace mas difícil cuanto mayor es la parte que se conoce. Por eso hay gente que prefiere hacer e bien “sin saber a quién”, mientras que otros escogen cuidadosamente a sus víctimas. Otros, en una forma de caridad frustrada, se dedican a demostrar su inmenso amor a los animales, manifestando así —consciente o inconscientemente— su desencanto con sus semejantes.
El campo para practicar la caridad es limitado, ya que esta consiste en sacrificar algo nuestro por un tercero, y la legión de terceros es inacabable, al igual que las cosas que se pueden sacrificar. Desde tiempo y dinero, hasta riñones y figuración pueden ser cedidos a quien los necesita. Para estimular la caridad hay incentivos que van desde las exoneraciones tributarias hasta las menciones honrosas, y cada día se inventan nuevos. Esto se debe a que desde tiempo inmemorial la caridad ha necesitado un poco de estímulo, ya que algunas cosas mueven el corazón más fácilmente que otras.
Por ejemplo, es probable que cualquier hombre se sienta movido a la generosidad, espontánea y efectiva, ante una criatura huérfana si la criatura es una buenamoza de veinte años. Igual sucede con obras benéficas que nos conmueven a todos, pero que llevan más a la acción a aquellos cuyos impuestos pueden reducirse en proporción directa a su contribución. Hay otros para quienes la tranquilidad de conciencia es móvil suficiente. Esto me comentaba un amigo mientras daba su dinero a cambio de un papelito y un alfiler en la solapa en pos de una causa no identificada:
“Admiro a los ricos que saben sacarnos plata a los que no tenemos, para dársela a los pobres…”.
A pesar del hecho de que la caridad necesita estímulo, y de que no siempre es tan espontánea como debiera, no cabe duda de que es una de las fuerzas que hacen andar el mundo. No comparto la opinión de los escépticos de que los actos de caridad pura no existen, es cierto que no son tan frecuentes como quisiéramos todos que fueran (por parte de otros), y son sólo tan frecuentes como estamos dispuestos a hacerlos, pero cuando nos encontramos con uno, nos da optimismo para mucho tiempo…
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