Pluma Fuente (2)

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Fue cuando se producían miles de millones de plumas al año, cuando Waterman logró introducir su lapicero fuente. Nuevamente se presentó un problema de materiales. El comprador de una estilográfica no estaba dispuesto ni capacitado para cambiar de pluma a su instrumento, el que, por su parte, debía durar sin atorarse ni gastarse. La pluma debía ser de un material noble y duradero, para lo cual el oro resultó casi perfecto. Además de resistir la corrosión, le daba un carácter de objeto precioso a ese instrumento tan personal que alguien llamó “una extensión de la mente”. Pero el oro es blando, y el continuo roce del papel producía desgaste, por lo que se comenzó a experimentar con puntas de metales más duros.

EBONITA, BAKELIA Y BOMBIN


El cuerpo del lapicero tenía otros requisitos. El lapicero fuente original de Waterman era un tubo de ebonita (mezcla vulcanizada de caucho con azufre) que se llenaba con un gotero. En 1908, Sheaffer –junto con Parker, principal competidor de Waterman– inventó el “bombín”. Dentro del tubo, que ya no necesitaba ser de ebonita para resistir la tinta, Sheaffer colocó un tanque de caucho que se apretaba con una palanquita para succionar la tinta. Poco después llegó el bombín de pistón que, por ocupar mucho espacio, reducía la capacidad de tinta. Para entonces el cuerpo del lapicero ya tenía otros materiales, pues en 1920 había aparecido el primer “plástico”, la bakelita, y el acetato de celulosa.

En 1935, un ingeniero francés, director de la distribuidora Waterman de Francia, dio la solución definitiva al problema de la tinta: el cartucho. Aunque no se generalizó hasta muchos años después, por falta del material adecuado a un precio asequible, el cartucho de tinta sellado hizo posible el lapicero fuente moderno, sin mecanismos móviles de ningún tipo. Mientras tanto, la metalurgia moderna vino en auxilio de la pluma.

Aunque la pluma sigue siendo en la mayoría de los casos de oro (generalmente de 18 kilates), las “alas” de la punta son frecuentemente recubiertas de rodio –un metal 30 veces más caro que el oro– y la punta es una minúscula bolita de iridio. Se trata de metales tan resistentes que –a menos que sufra maltrato o se rompa– una pluma moderna tiene una duración virtualmente ilimitada. A pesar de los materiales modernos, de su elasticidad y durabilidad, la forma se ha mantenido. La curvatura y el “corte” que daban la elasticidad ideal a la pluma de ganso (águila, cuervo o cigueña) son válidos para el oro-rodio-iridio de hoy.

El lapicero con el que escribo (lo que va a ser copiado a la computadora donde lo edito) es un diseño del año 1990 y es un ejemplo de simplicidad. Con 14 cm. de largo y un peso de 27.5 gramos, tiene la pluma de oro con punta de iridio (no tiene el revestimiento de rodio). Se recarga con cartuchos y tiene el usual “clip” en la tapa para fijarlo al bolsillo. El cuerpo es un tubo de latón recubierto por una laca verde, y se entornilla a la parte que lleva la pluma. La base de la pluma, que contiene el conducto de tinta y la entrada de aire (sin ella la tinta no fluiría por la presión atmosférica), es de material sintético y forma una pieza con la base. No hay partes móviles, excepto la tinta.

UNO CADA TRES SEGUNDOS


Tal como sucede con tantos productos de la tecnología moderna, muchos se preguntan cómo puede venderse un lapicero con las características descritas por lo que cuesta un plato en algunos restaurantes y mucho menos de lo que cuesta llenar el tanque de mi auto. La repuesta está en los volúmenes de producción. Si bien es cierto que un “Mont Blanc” puede costar cientos de dólares (dependiendo del modelo y material) un lapicero como el mío se produce a razón de 1,000 unidades por hora (uno cada 3.7 segundos). A pesar de este ritmo de producción cada unidad es inspeccionada y probada.

Los materiales y sistemas de producción modernos han hecho posible fabricar un instrumento de precisión que supera cualquier aparato que hubiera podido producirse hace medio siglo, sin límite de costo, para el mismo fin.

Ante la extraordinaria rapidez y versatilidad de la computadora –que puede escribir e imprimir impecablemente, más rápido de lo que uno puede pensar– la caligrafía es un reducto de la expresión personal. Por otra parte, por más que se achiquen, las computadoras nunca podrán reducirse a un tubo de 14 cm. de largo y un centímetro de diámetro que obedece incondicionalmente a la mano, refleja la personalidad y hasta el estado de ánimo,  no requiere corriente eléctrica, cabe en el bolsillo y está a su alcance.

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