Carnaval de Rio

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El otro día vi en la TV un documental sobre el Carnaval de Río. Me trajo recuerdos de una estadía de 3 meses hace más de 40 años y el único Carnaval Carioca en que participé. Tres estudiantes de arquitectura fuimos a hacer “práctica de vacaciones” a la tierra prometida de Niemeyer, Lucio Costa y los hermanos Roberto, los gigantes de la arquitectura moderna. La visita al Ministerio de Agricultura diseñado por Le Corbusier y Niemeyer tenía todas las características de un peregrinaje.

El trabajo en las grandes oficinas era peleado y sin remuneración. Eventualmente conseguimos algo que hacer y, con la ayuda de remesas de casa –llenas de suspenso—sobrevivimos.

Éramos tres compañeros de clase de la Escuela de Ingenieros: Tito, en aquella época gran futbolista; Coque, entonces, al igual que ahora, gran cantante, bailarín, imitador eximio y eterno preocupado; y este cronista, mal futbolista y pésimo cantante, pero poseedor de un gran apetito y una memoria privilegiada para letras de valses.

En aquella época Río, y en especial Copacabana era un lugar muy hospitalario. Andábamos de día y de noche por todos lados, nos mobilizábamos en los “bondes” –pequeños tranvías abiertos sin puertas ni paredes, que ya no existen– e hicimos amigos. Se acercaba el carnaval, y se sentía una especie de presión contenida que ocasionalmente se soltaba en espontáneas fiestas en plazas y calles, y en los entrenamientos de las “Escolas da Samba”. Eventualmente llegó el carnaval y la presión se soltó… o reventó. Fueron tres días inolvidables en que la gente parecía estar en un estado hipnótico. Bailaban solos, casi todos cantando.

Los disfraces eran algo que nunca habíamos visto. Había absolutamente de todo. Algunas personas –hombres y mujeres– habían gastado fortunas en disfraces que debían ser una tortura bajo el calor de 35 grados. Sombreros inmensos y miles de lentejuelas, bordados y sedas, brazaletes, collares y zapatos de fantasía formaban parte de trajes en los que humildes empleados habían invertido sus ahorros. Estaban felices, y no había nada que los alegrara más que ver admirado su esfuerzo. Otros, con ropas de baño, pintarrajeados o simplemente “decorados” con pintura, serpentinas, papel y alguna prenda estrafalaria, estaban igualmente felices. Hermosas muchachas, con lo que en esa época eran ropas escandalosas, bailaban despreocupadas en medio de masas de gente. No vimos un sólo gesto grosero, ni una escena de violencia.

Nos llamó la atención que la gente no tomara. A lo más bebían cerveza y no se veía borrachos. Si había turistas, estaban viendo el deslumbrante desfile de las “Escolas de Samba”” y se perdían entre la muchedumbre. Incansables bailarinas acróbatas acompañaban las “Escolas” bailando al compás de bandas de música e incontables instrumentos de percusión hechos de las cosas más variadas. La ciudad entera bailó y cantó tres días hasta que cayó exhausta.

El Miércoles de Ceniza, entre velas puestas a Yemanyá (deidad del mar), amanecieron en la playa cientos de durmientes que regresaban silenciosamente, con sus disfraces en la mano, camino a casa. Nunca olvidaré a una señora gordita, rubia, vestida de gato, que se había quitado las orejas de felpa pero conservaba la cola y el bigote pintado, llorando desconsoladamente sentada en la vereda. Nos acercamos a preguntar que le había sucedido. Recuperó el aliento y entre sollozos nos explicó: “¡Acabó el carnaval!”

Hoy todo en el carnaval carioca es más grande y espectacular, pero hacer lo que hicimos en aquel entonces ahora es imposible.  Actualmente las balaceras, la delincuencia e inseguridad compiten por poner a Río en las noticias. ¿Acabó el carnaval?.

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