
Todavía debe haber automovilistas que tienen herramientas para reparar el auto. Lo más probable es que no usen ninguna y se limiten a la gran variedad de líquidos, pastas, spray, etc., que se consiguen hoy para limpiar, desmanchar, retocar y desodorizar el automóvil. Porque hoy meter la mano al motor o algún otro componente mecánico es, por decirlo menos, difícil y los resultados son de pronóstico reservado. La mayoría de los autos modernos no se malogran y, en las raras ocasiones en que lo hacen, la herramienta indicada es el teléfono celular para llamar a la grúa. Esto no fue siempre así.
En la época en que yo aprendí a manejar, se levantaba la tapa del capó por los costados y uno se encontraba con un gran motor dispuesto longitudinalmente, con mucho espacio libre alrededor. Por lo general –como en el caso del Packard de mi padre– el motor tenía válvulas al costado, y encima de la culata estaban las bujías. Al costado estaba el múltiple con un solo carburador encima del cual había un gran filtro de aire. La varilla del acelerador y el cable del “chock” (estrangulador para enriquecer la mezcla) corrían a lo largo del motor. A un lado del bloc estaba el distribuidor con sus chicotes a las bujías, la bobina y un cableado que todavía no había adquirido colores.
Todos los componentes eran de fácil acceso y, con las herramientas adecuadas, una persona medianamente capacitada podía desarmarlos, limpiarlos y volverlos a armar en un tiempo razonable. Esto lo hacíamos con frecuencia, unas veces por necesidad y otras por demostrar nuestra destreza mecánica. Sorprendentemente, casi siempre el auto volvía a caminar. Para hacer estas operaciones había juegos de herramientas que eran una posesión valiosa y motivo de orgullo.
Generalmente las herramientas venían en una caja metálica que al abrir desplegaba varios azafates. La variedad era enorme. Cierto tipo de herramientas traía su propio estuche, en el que cada una tenía su sitio donde encajaba. Habían otras que venían en una bolsa. La variedad de marcas también era grande, desde las “All-State” de Sears, hasta las “Snap-on”, ambas americanas. Las europeas eran “milimétricas” y había marcas de diversos países y precios. Recuerdo algunas: las Facom francesas y las Proto y Stahlbill alemanas. Las más finas eran garantizadas por vida.
Independientemente de la gran variedad de marcas y precios, había herramientas que eran “de cajón”, indispensables para quien se enfrentaba a cualquier auto. Desarmadores planos y un Philips (de estrella), las llaves de boca, corona y dado, el alicate plano. Lo demás eran variantes, la lija podía sustituir a la lima en algunos casos, el alicate permitía cortar y hasta una piedra podía servir de martillo cuando una llave estaba dura.
Entre las herramientas indispensables se consideraba un aceite “3 en 1” y un tarrito con gasolina para limpiar. En toda caja de herramientas había además alambres, huachas, cinta aislante, algo para limpiar y calibrar bujías y una “chaveta”, cuchilla de hoja de sierra con punta triangular. En una emergencia un pedazo de platina, de la envoltura de un chocolate, servía para reparar el distribuidor.
En aquel entonces –antes de la electrónica, los sistemas hidráulicos y los servomotores– las fallas se dividían en dos: las que se reparaban con la caja de herramientas descrita, y las que requerían de grúa. Entonces, como hoy, lo más frecuente eran las fallas del sistema eléctrico. Las baterías (de 6 voltios) se rellenaban con agua destilada y –como no había llegado todavía el alternador– se descargaban en mínima. Si uno se quedaba sentado en el auto con el motor apagado escuchando radio (de tubos, claro está) la batería se bajaba. En más de una ocasión, por esperar a mi padre oyendo radio tuve que arrancar el Packard empujando.
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Desde hace un año que manejo auto (un Vw Escarabajo del 82 para ser preciso) hasta hoy mis herramientas basicas son: la gata, la llave de ruedas, un desarmador plano y otro phillips, cinta aislante, mi navaja suiza y un pedazo de carton. Saludos Son Tomas, espero con ansias la segunda parte.
bien dicho don Tomas, ahora todo parece más facil pero como se extraña esa confraternidad que se compartia con tu padre al intentar arreglar el artefacto. en mi caso no fue un carro sino una motocicleta, pero por ahi va. buena página lo seguire. saludos