
La palabra distingue al hombre de los animales, aún más que el uso del fuego. Hay quienes dicen que la comunicación verbal es el logro máximo del hombre, y el que ha hecho posible la civilización. Probablemente tienen razón. Con sólo poner citas sobre la importancia del idioma ocuparía toda la columna, en su versión más larga. Esto nos debería hacer pensar que el idioma es lo más importante que tenemos. No me refiero al idioma castellano, o cualquier otro, sino a la capacidad de comunicarnos con palabras que a nuestro interlocutor le permiten captar aproximadamente (en algunos casos más y en otros bastante menos) la idea que queremos transmitir.
En ese sentido el idioma, cualquier idioma y aún la mezcla de varios idiomas, cumple su propósito. Sin embargo, por alguna razón que lingüistas y literatos han tratado de explicar, el idioma tiene también un valor estético e informativo adicional. Nos puede molestar profundamente cierta forma de usarlo y además, de transmitir información, nos informa sobre nuestro interlocutor. Por ejemplo, cuando alguien me dijo que un auto chocado no estaba “coberturado” por el seguro, obtuve más información de la solicitada (que el auto no tenía seguro): que mi interlocutor era un huachafo.
Además me dio cólera. Sé que nadie me ha dado autoridad para decirle a la gente como debe hablar y, mientras entienda lo que me quieren decir –cosa que no sucede con tanta frecuencia como quisiera– debería darme por satisfecho. Pero no estoy satisfecho, y todas las “aperturaciones”, “pollos chicken”, y otras cosas que oigo y leo me disgustan.
De alguna manera el lenguaje refleja la manera de ser de la gente, aquello a que le dan importancia, las influencias a las que están sujetos o la impresión que quieren causar. Aquí hay que hacer una diferencia importante: una cosa es hablar mal por ignorancia y otra es usar mal el idioma. El término “mal” cubre un campo inmenso que los expertos seguramente tienen clasificado, pero quiero proponer una clasificación adicional.
Primero vienen los “Miamismos”. De éstos tenemos un inagotable repertorio que nos viene del norte. Desde los “pollos chicken” hasta las ventas “sale”, pasando por los diversos “markets” y la gimnasia pre-natal con “steps” en lugar de pasos. ¿Un idioma “light”?. El repertorio es inagotable y crece día a día.
Otra categoría es el embellecimiento subjetivo de palabras que, por sencillas y claras, no satisfacen la mentalidad barroca de algunos hispano-hablantes. Estos son los que aperturan, coberturan, visionan, etc., para quienes abrir, cubrir y ver es poco. Su influencia es perniciosa, porque muchos creen que, proviniendo de gente educada, es la manera correcta de hablar. Una huachafería contagiosa… me atrevería a decir epidémica. No siempre se trata de la fácilmente detectable aberración de inventar palabras innecesarias complicando las ya existentes. Hay una variante más extravagante que tiene su manifestación máxima en los locutores deportivos.
Quien quiere ver un partido de fútbol o escuchar la narración de otro evento deportivo se expone a este nuevo idioma. Por lo general irritante, a veces llega a niveles sublimes de imaginación e incongruencia. Además de la “nerviosidad” y el “agresivismo” de los jugadores nos exponen al “tacticismo” y “desaprensionismo” de los entrenadores. Pero lo que era exclusividad de los locutores deportivos ya ha pasado a ser parte del arsenal con el que nos agreden sus colegas de otras ramas.
La radio y la TV son canteras inagotables de lo que Ricardo Blume bautizó como “perlas” del idioma. Sería tedioso enumerar las contorsiones, disonancias, deformaciones y abusos a los que se somete al idioma. Desgraciadamente, algunos lingüistas nos dicen que esto es normal y debemos aceptarlo. No conozco la base de esta tesis, pero entiendo que propone lo siguiente: el idioma es lo que la gente habla, y la forma como habla la mayoría es la que se impone y se convierte en la lengua natural de la región (en este caso el país). No estoy de acuerdo.
El idioma –ya sea hablado o escrito– muestra como somos, más allá de nuestro aspecto físico y nuestros expresiones faciales y gestos. Con la ropa, la cara y las manos podemos mostrar desde mal gusto hasta agresividad o deficiencia mental… pero nada supera al idioma. Con el idioma podemos mostrar lo que pensamos, como pensamos, nuestros gustos y la imagen que deseamos proyectar. Por eso creo que si en el país se impone un idioma huachafo y lleno de extranjerismos, eso dice algo de nosotros. Siempre habrá una minoría que usará un idioma lógico y estético, creando una división social más que –como lo son en el fondo casi todas las divisiones sociales– será cultural.
Tweet

Quítele la tilde a “dió”. No la lleva pues es un monosílabo que no tiene doble función gramatical.
Aysa:
Hecho.
Saludos,
Tomás
Estimado Tomás,
Estuve revisando las charlas de TedX del año pasado, pues me enteré de las próximas que se realizarán el día de mañana y qué suerte la mía, pues encontré su blog!
Considéreme una seguidora más!
Muchos saludos
Lorena Castañeda