
Cuando viajo, inevitablemente voy a dar a hoteles. En ellos con frecuencia se come solo, lo cual es una ocasión para observar con tiempo y ventaja a otros comensales. Se ve grupos elegantes que parecerían estar celebrando algo y que –por la actitud e indumentaria– no parecen ser pasajeros del hotel. Los he visto en todos los continentes y he llegado a la conclusión de que los restaurantes de los hoteles de lujo dependen del público local tanto o más que de los pasajeros.
En Lima era así en la época en que el centro era un lugar visitable. Recuerdo algunas ocasiones en que mi padre me llevó a almorzar al Bolivar y al Maury. Después fue el Crillón, donde había dos restaurantes, el del sótano era excelente.
Ahora hay nuevos hoteles en la capital (Miraflores, claro está) y sus suburbios, como San Isidro. Hace poco salimos a comer a la calle con unos amigos y a mi señora se le ocurrió ir a San Isidro. Resulta que hay un hotel, con un comedor que da al Olivar, y fuimos allí. Llegamos tarde y había poca gente. En la cafetería estaban unos turistas y en el comedor un pianista estaba tocando los Saint Louis Blues.
Tomamos una mesa con vista al bosque y, por primera vez, me sentí como tantos comensales que había observado –y envidiado– desde alguna solitaria mesa (para mi de hotel, para ellos de restaurante). La comida resultó muy buena, casi digna del excelente pianista. Mientras comía mi lomo a la pimienta hubiera podido creer que era Keith Jarrett o Chick Corea quien tocaba. Una buena decisión de mi jefe.
Poco después me invitaron a un almuerzo, esta vez en el corazón de la Capital: esquina Benavides y Larco, en Miraflores, en el Hotel Las Américas. También con una linda vista, aunque muy diferente, porque abarca hasta Chorrillos y San Lorenzo. La comida muy buena y el servicio más rápido que en el Olivar, tal vez por la hora.
Dos hoteles con lindos restaurantes donde se come bien y además se aprecia el no ser pasajero. No pude evitar observar, por unos instantes, a los solitarios pasajeros que debían estar pensando –como lo he hecho tantas veces– “que pena no poder estar en este lindo sitio con algún familiar o amigo… ¿quién será ese gordo de bigotes que come y conversa tan contento?.. seguro que rara vez va a un hotel de lujo y por eso le saca gusto”. Cierto, ir al restaurante de un hotel por elección propia es muy agradable. Además está el placer sádico de observar a los turistas a quienes el vino convidado, que beben solos, no les sabe tan rico como mi cerveza en buena compañía.
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