
Por más de medio siglo la bicicleta se mantuvo esencialmente estática, con pequeños perfeccionamientos y uso de aceros más resistentes que permitieron ir bajando el peso, más otros refinamientos menores. Fue recién en 1962 que otro ingeniero inglés cambió la bici. Alexander Moulton –luego Sir Alex– rediseñó el marco, achicó las ruedas e introdujo un elemento que –en retrospectiva– resulta inexplicable que no se hubiera usado antes: la suspensión. Este cambio coincidió con la aparición en el mercado de nuevos materiales, más livianos y resistentes que permitieron llevar las nuevas ideas a niveles de eficiencia que hace unos años parecerían inalcanzables.
Primero el aluminio y luego el titanio han permitido reducir el peso del marco a cifras impresionantes. Acabo de ver en una revista anuncios de marcos de titanio –con suspensión– que pesan 2,300 gramos. Una bici de titanio de “cross” (llanta ancha) completa, con suspensión, cambios y frenos, pesa sólo 11 kg. Pero eso no es todo. Para las bicicletas de carrera se ha desarrollado la rueda “sólida” de kevlar, que no hace turbulencia, y componentes ultralivianos, que sumados dan una bici de 8 kg.
Para los que quieren saber a que velocidad van, y a que velocidad va su corazón, la electrónica ha producido minicomputadoras, un poco más grandes que un reloj que, colocadas en el manubrio –que hoy es una barra de material liviano– indican la velocidad, la distancia recorrida, el pulso del ciclista… y hasta la hora, si uno se la pide. Para el aficionado a la mecánica en general, y para el ciclista en particular, estas revistas especializadas resultan fascinantes. Bicicletas tandem cuyo marco pesa 4,200 gramos, pedales de titanio, llantas con alma metálica, transmisiones de 8 piñones, y suspensiones neumohidráulicas, son algunas de las maravillas que anuncian.
La bicicleta moderna se ha vuelto un vitrina de alta tecnología que, a diferencia del auto o la moto, se mantiene libre de cualquier crítica. La velocidad está determinada por el rendimiento físico de la persona que la monta, y el mayor peligro que ofrece es para el propio ciclista: una caída a velocidad o ser atropellado por un auto. Por otra parte ofrece una de las pocas alternativas, cuando no la única, al transporte motorizado con sus consecuencias adversas para el medio ambiente y su acaparamiento de espacio urbano.
No debe extrañar pues que la bicicleta se haya vuelto un elemento de transporte popular en todos los continentes, y que países enteros se movilizan en ella. China, según una encuesta hecha hace más de 20 años, tenía más de 300 millones de bicicletas; hoy se está pasando al automóvil a paso preocupante. De Holanda dicen que “hay más bicicletas que habitantes”, y aún en los países más motorizados –como los EE.UU.– las bicis se cuentan por decenas de millones. Las razones para que los ciclistas se cuenten por cientos de millones son varias y muy buenas.
Ante todo, la bicicleta es la máquina que mejor aprovecha la energía del hombre. Tanto así que el record de vuelo con fuerza humana, el “Gossamer” que cruzó el canal de La Mancha, lo batió con un ciclista pedaleando la hélice. Pero hay más razones. Además de ser un excelente ejercicio, la bicicleta es silenciosa, limpia y ocupa poquísimo espacio, a diferencia de todos los medios de transporte alternos… tal vez con excepción de los patines.
A todo esto hay que añadir que es relativamente barata y requiere de un mantenimiento mínimo. Desgraciadamente requiere de vías adecuadas y del respeto de los que comparten la vía. Esto, que en si parece tan fácil de superar, es en verdad el obstáculo principal para el desarrollo de la bicicleta en nuestro medio. Esperemos que un día podremos superarlo.
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El sistema de propulsión sigue siendo el clásico. Puede sustituirse por las ventajas de la palanca