
Con frecuencia, y bajo cualquier pretexto –a veces sin uno– practico la forma más barata de turismo: los atlas y el mapamundi. Me gusta ubicar en el mapa los lugares sobre los que leo y, una vez ubicados, conocer el entorno. Como ver el paisaje es más difícil, hay que construirlo a base de los nombres, de lo que uno ha aprendido y de la imaginación. Los nombres son una gran ayuda y, con el tiempo, uno va descubriendo que se repiten en los sitios menos esperados.
A veces los nombres son tan enigmáticos que al investigarlos se encuentra sorpresas. Cuando en Londres me enteré que el barrio por el que caminaba se llamaba “Elephant Castle” no podía imaginarme a que se debía esa extraña combinación de palabras. Hechas las averiguaciones, me enteré que en el siglo XVII –en un momento en que las relaciones anglo-españolas eran, para variar, cordiales– el vecindario fue bautizado “Infanta de Castilla” en honor a la princesa de España. Como los ingleses no podían pronunciar el nuevo nombre lo “tradujeron”, o más bien le encontraron una aproximación fonética que en su idioma resultó “Elefante(a) Castillo”. Bastante cerca.
Algo similar pasa con Key West en Florida. No es ninguna llave ni queda al oeste de nada en particular, pero los gringos no podían pronunciar “Cayo Hueso”. Por otra parte hay lugares con nombres que suenan totalmente diferentes y significan lo mismo. Monterrey en alemán es Königsberg, la capital de Prusia Oriental que los rusos cambiaron a Kaliningrad. También hay Montenegro que en eslavo suena Charnogura, y se escribe en diversas formas, dependiendo de donde se encuentra. Eritrea, la tierra roja del norte africano, en quechua sería Pucalpa.
Las numerosas Aguas Calientes y Hot Springs son nuestro Yauriyacu (en la carretera central, desvío a Venturosa), así como el Camino Real de tantos pueblos es el Kingsway de los ingleses y el Raj Path de los Hindúes. Muchos lugares tienen por nombre las primeras palabras que oyeron sus descubridores o conquistadores (que por lo general son los mismos). Idaho, en idioma aborigen es “buenos días”, Yucatán “no entiendo lo que dices”, Texas “somos amigos” (lo que de nada les sirvió) y Calimera –un pueblo de Sicilia– quiere decir también “buenos días”, pero en griego.
Al viajar por el mapa llama la atención la frecuencia con que se repiten ciertos prefijos y sufijos. El “guada” de España (Guadalquivir, Guadarrama, Guadalupe etc.) es el Wadi de Africa y Asia, que resulta ser río o agua en árabe. Indonesia está llena de “pang”, “dang” y “badang”, que supongo serán villas, ciudades o algo así. Sin embargo, cuando se fueron de allí los holandeses, los indonesios le cambiaron el nombre a la capital, Batavia, por Jakarta que significa …ciudad importante o capital. Para la antigua capital pre-holandesa no se les ocurrió nada mejor que Jogjakarta (antigua capital).
El equivalente centroamericano de Indonesia es Guatemala, donde hasta los paisajes se parecen. Allí los pueblos terminan en “nango”: Quetzaltenango, Chichicastenango (el chichicaste es un árbol) o en “pan” como Totonicapán. Si esto fuera poco, la capital se llama igual que el país, Guatemala y la vieja capital –que destruyó un terremoto– la pueden suponer: Antigua Guatemala, mismo Jogjakarta.
Sobre ciertos nombres, que con el tiempo han adquirido prestancia, no conviene averiguar mucho porque se despintan. Italia viene de “Vitelia”, en latín “tierra de reses”. Brasil en portugués es un tinte, hecho de las brasas de un árbol abundante en las costas brasileras. Galia, antiguo nombre de Francia, viene de “gallus” latín para Gallo. Los Francos eran una tribu germana que invadió Galia hace solo 1,500 años. Los franceses conservan aún el gallo en su emblema. Lombardía le debe su nombre a los longobardos (de largas barbas) los más inciviles de las tribus germánicas. Al cabo de los siglos los lombardos se convirtieron –junto con los genoveses– en banqueros de Europa… de allí la calle Lombard en el distrito financiero de Londres.
Cuando se viaja por el mapa, además de nombres iguales en diversos idiomas (Yanacocha, Black Lake, Czernowoda, etc.) –por si acaso el “cherno” de Chernobil es “negro”– se encuentra nombres nuevos que desconciertan. Borneo siempre fué Borneo y de repente es Kalimatán para los indonesios, Célebes es Salawesi y Nueva Guinea es Irián. Cuando estuve por allí me enteré que siempre se llamaron así, solo que a los europeos no les dió la gana de aceptarlo. Me imagino que esa es la razón por la cual ahora, cada vez que viajo en los mapas nuevos me pierdo en Africa. Han desaparecido los nombres de colonizadores — como Rhodesia, por Cecil Rhodes– y han vuelto las “mb” las “ng” y las zetas. Zimbawe y Ndola son buenos ejemplos.
Admito que viajando en avión, barco o tren –hasta a pie– se ve más paisajes y se conoce más gente que viajando en el mapa. No lo discuto, pero tendrán que admitir que en el mapa se viaja incomparablemente más rápido y barato. Además se entera uno de muchas cosas, inútiles pero muy entretenidas.
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¡Excelente post! Muchas gracias por el viaje.
Por algo será que cuando leo estas crónicas del Ingº Unger, tengo presente al tradicionista don Ricardo Palma pero mas primarioso y elemental. Gracias don Tomás.