
>Hace años mi hijo menor se ganó una bicicleta en un sorteo. Aunque ésta resultó ser demasiado grande para él, se celebró con euforia. La bicicleta entró a la sala, comió con nosotros y fue centro de la conversación, que derivó hacia bicicletas del pasado. Los chicos me preguntaron sobre la bicicleta que tuve a su edad y recordé haber escrito hace años sobre ella. Así, para no correr el riesgo de contradecirme por una falla en la memoria, repito la historia.
Cuando Miraflores era “balneario”, los tranvías eran el transporte más cómodo y los periódicos costaban medio, la bicicleta era el máximo a que podía aspirar un colegial en materia de posesiones personales. Es cierto que el gordo Matheos tenía una motoneta “Cushmann”, pero eso era una cosa completamente extraordinaria, como el auto de Walter Cornejo.
La bicicleta era una posesión invalorable y los que no tenían una, gastaban hasta sesenta centavos alquilándola. Como reses en un matadero estaban las bicicletas en el garage del “Nazi”, colgadas de ganchos o paradas de cara a la pared. No sé de dónde le vino el apodo al “alquilador de bicicletas” de la calle Manco Capac, pero nadie lo conocía por otro nombre.
>El “Nazi” fue el último dueño de mi bici, que le vendí en sesenta soles, antes de salir rumbo a la Universidad en Oregon, vía un carguero noruego. Fue un buen precio, pero era una buena bici. No era la mejor del barrio, pero estaba en una categoría aparte.
Con llantas “balón” y contrapedal, era pesada. Sé que originalmente provenía de los USA, pero, como la compré usada, nunca conocí su marca. Era del color de los ómnibus Lima-Miraflores (Camarones marca “MAN”) pues fue pintada con una lata de pintura de sus talleres. Nunca tuvo freno delantero y el timbre le duró dos días. Al lado de la aristócrata del barrio, la Hércules de Vetter, era una carcocha. Sin embargo, su radio de acción era ilimitados, o casi.
En verano llegaba hasta La Herradura y en algunas ocasiones especiales hasta Lima. Casi nunca se usaba el timón y, siendo de contrapedal, se podía parar con las manos en los bolsillos.
Pero la verdadera función de la bicicleta era la de visitar otros barrios. No servía para ir al cine, pero se podía ir a ver partidos de fútbol en Santa Cruz, o a jugar a la “cancha” de los de Larco (hoy Parque Salazar), que era un gran terral bastante plano. La bajada a los baños de Miraflores era vibrante y vertiginosa –sobre todo para el que iba de pasajero en el marco o en el timón–. La subida se hacía caminando.
La bicicleta era enemiga de los pantalones largos y, para evitar que la cadena se comiera la basta, había que poner la media encima o usar ganchos. El estilo más elegante era el pantalón remangado.
El dominio de la bicicleta se comprobaba en el uso de la honda: había que darle a los postes del malecón con la bici andando. Luego se pasaba al cigarro que había que prender y luego fumar con las manos en los bolsillos. Esto último requería a veces gran serenidad, cuando la ceniza volaba al ojo o se atoraba uno con el humo, pero todo era parte de la pose.
Imperceptiblemente, la bicicleta iba desapareciendo y, en cierto momento, era preferible caminar treinta cuadras que ser visto montado bici. Este momento coincidía generalmente con la época en que se comenzaba a admirar a las chiquitas del barrio –que ya no eran tan chiquitas– montando bicicleta con pantalones. Era el comienzo de una nueva etapa.
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