
El auto está con nosotros hace más de un siglo y forma parte de nuestros recuerdos. Aún aquellos que de niños en los años 30 alcanzamos a ver coches con caballos, lo que más recordamos son los autos. Además de traer recuerdos, muchos de ellos tienen el mérito de obras de ingeniería notables; algunos fueron obras de arte, pero entre todos eventualmente cambiaron el mundo. Además asociamos los autos de ayer a una vida más descansada, pero sobre todo al placer de manejar. No debe sorprender que la afición al auto antiguo sea universal, y el Perú no es la excepción.
A medida que las carreteras se han ido congestionando, y la contaminación y el tráfico han obligado a reglamentar desde el interior del auto hasta cada tramo de carretera, se ha ido reduciendo el placer de manejar… pero nose ha acabado con él del todo. Han desaparecido las Mil Millas, la Targa Florio y la Buenos Aires – Caracas. Sin embargo, la afición las está reviviendo en una nueva forma: los rallyes de regularidad, en los que participan los autos de antaño. Algunos de ellos veteranos de las grandes carreras del pasado, otros simplemente autos de esa época, que sus dueños han restaurado. Porque la satisfacción de restaurar y conservar autos antiguos, que además de conocimientos requiere dedicación y paciencia, no queda satisfecha hasta usar el objeto de tanto esfuerzo… ¿y que mejor ocasión que un Rallye?.
EL RALLYE ANDINO
En el Perú, como en otros países, hay aficionados que han dedicado mucho trabajo, dinero y tiempo –que al fin también es dinero– a esta apasionante afición; son los socios del Club del Automóvil Antiguo del Perú. Tras participar en competencias de este tipo en otros países, el Club decidió organizar pruebas similares en nuestro país, y uno de sus recorridos es al Callejón de Huaylas. Con ocasión de la segunda versión del Rallye Andino, Acompañé a los participantes. Nuestro fotógrafo fue el Dr. Freddy García Rosell, con quien nos turnamos en el manejo de una camioneta Volvo S70 Cross Country para admirar, además de los autos y el paisaje, la dedicación y espíritu de equipo de los participantes.
No es fácil reunir en el Perú muchos autos antiguos –en los que se ha invertido tanto trabajo y dinero– cuyos dueños estén dispuestos a llevarlos hasta Caraz y de regreso. Sin embargo se inscribieron 20 participantes, de los cuales 17 partieron. Estos fueron divididos en dos categorías, de acuerdo a la edad de los vehículos: en la “A” los fabricados antes del fin de la Segunda Guerra Mundial y en la B los de fabricación posterior a esa fecha. Entre los antiguos, tres eran Ford, dos del 34 (uno de ellos un camioncito) y uno del 40; además, un Chrysler de 6 cilindros de 1930 y un Jeep militar de la Segunda Guerra Mundial.
En la categoría B, más numerosa, hubo una diversidad de automóviles: tres MG, dos Volvos (un Huevito PV544 y un P1800), un Austin Healey, un Corvette de 1965, un Mercedes SL convertible de 1968, un Opel GT, un Willys Jeepster y hasta un Mini Cooper, manejado por dos chicas. Entre los pilotos hubo dos equipos extranjeros invitados, ambos de Argentina: Coco Canedo e Ignacio Ditella en el lindo Ford S cupé de 1934 de Jorge Nicolini, el otro –Victor Carranza (padre e hijo)– en el Volvo P1800 (¿se acuerdan del auto de El Santo?)
Como era de esperarse, la partida — a las 7:30 a.m.– atrajo muchos espectadores a la Plaza San Miguel. Con la bendición del Alcalde y el apoyo de la policía, la caravana partió rumbo al norte donde, una vez fuera del perímetro urbano cada vez más extenso y con tráfico más detestable, se inició el primer “Prime”. Esta es una prueba de regularidad que se lleva a cabo en tramos cronometrados, donde, de acuerdo a su categoría, los participantes deben cumplir promedios preestablecidos.
La primera etapa, para un recorrido de casi 400 kilómetros, desde las afueras de Lima hasta Huaraz, tuvo ocho secciones cronometradas. La segunda etapa entre Huaraz y Caraz tenía seis y el regreso de Huaraz a Lima ocho más. En total 22 tramos en los cuales los competidores debían cumplir con tiempos exactos, siendo penalizados por cada fracción de segundo de diferencia. Además debían cumplir con los tiempos totales, que incluyen las etapas no cronometradas que complementan cada recorrido. Tarea difícil, pero tal vez más difícil es la de los que llevan los controles pues, aunque sin puntos ni penalizaciones, un error suyo malograría la prueba.




