2 Brevetes (2)

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Felizmente me habían advertido que el reglamento no era un examen oral sino práctico, y que en lugar de demostrar que estaba apto para correr en la Lima-Buenos Aires, debía concentrarme en no pasar los límites de velocidad, mantener la distancia –cosa que normalmente nadie hacía– y no pegarme a las esquinas. Terminada la vuelta, que incluyó parte de la Av. Salaverry, unas calles de Jesús María y el regreso al Campo de Marte por la Av. 28 de Julio, me hizo cuadrar al costado de la vereda. “Espérame aquí que te voy a dar tu permiso”.

El examinador se refería al permiso provisional que le daban a los aprobados para manejar hasta que recogieran su brevete ¡había aprobado y estaba brevetado!. Por supuesto que de regreso a la casa ya no manejó Armando y no volvió a manejar nunca más si yo estaba cerca. En el barrio se festejó el evento con la importancia de las cosas transcendentales. Desde ese momento teníamos movilidad. Mi padre ya no tendría argumento para negarme el auto cuando él no lo necesitaba, y además yo podía llevarlo a donde fuera –cosa que estaba siempre dispuesto a hacer– y quedarme con el auto. Se inició una nueva etapa de mi vida.

Pero en la casa había otra persona que necesitaba brevete: mi madre. Mi padre trató de postergar lo inevitable lo más que pudo, pues preveía conflictos, pero eventualmente mi madre decidió que ella iba a manejar, por que si la señora fulana –que además de ser bruta tenía mala coordinación– manejaba, ella sin duda podía hacerlo. Además en La Molina vendían mejores verduras y carne más barato, y eso sólo lo podía comprar yendo en auto. Demás está decir que me ofrecí a llevarla cuando quisiera, pero un día se tomó la decisión: mi madre sacaría brevete.

Para entonces habíamos cambiado de auto y teníamos un Mercury cupé, con motor V8, uno de los autos más lindos de su época. Negro, con tapiz rojo, timón blanco y faro pirata, el Mercury era el sueño de un muchacho. Cuando no lo manejaba, lo limpiaba y simonizaba, le sacaba brillo a los cromos y le echaba betún y blanco a las llantas (de costado blanco). Le instalé un suple de cromo en el escape. Me sentí profundamente infeliz cuando me informaron que debía enseñarle a mi madre a manejar el Mercury.

Los primeros intentos fueron un fracaso, no porque mi madre careciera de habilidad, sino porque yo carecía de voluntad. Decidida a sacar brevete, optó por otro camino. El hermano de Paquita, la cocinera de mi tía, era uno de los taxistas del Parque de Miraflores y tenía un Plymouth del año 38 en excelente estado. Tras una breve gestión a través de Paquita, hizo un trato con Nemesio para que le enseñara a “sacar brevete”. Mi madre no consideraba que el aprobar el examen y manejar eran dos cosas diferentes. Se aprendió íntegro el reglamento que me había comprado Armando y todas las mañanas desaparecía una hora con Nemesio, quien también la llevó al examen médico y a las demás gestiones.

A pesar de que se acercaba a los 50 años, mi madre tenía excelente vista y un estado físico casi atlético, nadaba en La Herradura, caminaba todo el día y había sido deportista de joven. Era evidente que aprendería a hacer lo que se había propuesto: aprobar el examen. Llegó el inevitable día en que pasó del Plymouth al Mercury, aprendió en media hora a hacer los cambios con la palanca en el timón y acuadrar un auto más bajo y ancho. Estaba lista para el examen. No quiso que yo la acompañara y se fue con Nemesio a dar el examen: “Como me van a aprobar, lo voy a despachar y me regreso sola”.

Yo estaba convencido de que el asunto iba a terminar mal y se lo dije a mi padre: “Mi mamá ha aprendido a dar examen, pero no sabe manejar en el tráfico”. Mi padre, que tenía una actitud filosófica hacia las cosas inevitables, se limitó a decir: “Así es, tendrá que aprender después. Si tiene brevete el seguro va a cubrir los costos del aprendizaje”. Dicho y hecho. Por una breve llamada de mi madre a las 10 de la mañana del día en que había dado su examen nos enteramos de que había aprobado, ya tenía el permiso de manejo a nivel provisional, y también que acababa de chocar.

Cuando fui a ver, en una esquina de la avenida Petit Thouars estaba mi lindo Mercury, con el faro roto y el tapabarro abollado. El parachoque parecía el bigote de Dalí. Al otro lado de la esquina estaba el Ford cupé de un pobre muchacho desolado, torcido, con el capot hundido, sin faros y el parabrisas roto. Felizmente nadie estaba herido. El seguro cubrió los costos y mi madre admitió que “ahora que tengo brevete, puedo salir tranquilamente para aprender a manejar… Si estás dispuesto a callarte la boca y portarte como un caballero, podrás darme clases”.


La reparación del Mercury duró una semana, durante la cual tuve tiempo de meditar sobre la conveniencia de aceptar el reto de mi madre. Consideré que el aceptar era el menor de dos males. Si aprendía a manejar bien, para lo cual tenía condiciones, no volvería a romper el auto. Así fue, aprendió rápido y manejaba muy bien; es más, no le gustaba manejar, a menos que fuera indispensable, prefería encargarme las cosas a mí. “Tu tienes vocación de chofer, yo prefiero hacer cosas más útiles que trabajar de cochero”.



Poco después de que me casé, murió mi padre y mi madre compró un Peugeot 203. De ahí en adelante tuvo que manejar, pues tenía que trabajar y hacer todas sus compras y andanzas. Llegó a manejar muy bien. Cuando el Peugeot envejeció se lo vendió a Don Marcelino, alías “Trujillo”, nuestro mecánico de siempre gran experto en Peugeot. Compró un Morris, que luego cambió por un Fiat 850 que resultó una maravilla. Con él se fue a Ticlio (a cuatro horas y 4,850 metros de altura) ida y vuelta en un día, para enseñarle nuestras montañas a un pobre marino polaco que regresó con un soroche espantoso… pero esa es otra historia.

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