Ralley Andino (2)

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La Ruta: Hacía más de 20 años que no visitaba el Callejón de Huaylas y lo primero que me llamó la atención fue el buen estado de la carretera. Mientras los competidores avanzaban al ritmo previsto, que toma en cuenta la edad de los autos, nuestra camioneta nos llevó rápidamente a los puntos donde decidimos esperarlos. El rallye llegó a Barranca a la hora del almuerzo; nosotros nos adelantamos hacia la sierra. Con la pista íntegramente asfaltada y perfectamente mantenida, pudimos apreciar de lo que es capaz la camioneta Volvo biturbo con tracción permanente en las cuatro ruedas. Mientras tomábamos una gaseosa y especulábamos sobre cuales autos se quedarían en la cuesta, los competidores partieron de Barranca.

Tomamos algunas fotos y los esperamos en Huaraz. Para nuestra sorpresa, casi todos llegaron, sólo el camioncito Ford de 1934 tuvo la mala suerte de caer en un bache y el ventilador se comió parte de su radiador. Coco Canedo, que venía muy bien colocado, por una tapa de gasolina que no cerraba, se quedó con el tanque seco a pocas cuadras de uno de los Primes, lo que le valió perder el liderazgo. Todos los autos estaban en muy buen estado y, si bien calentaron un poco y a algunos les faltaba el aliento en la subida, llegaron a Huaraz.

Al día siguiente hubo reunión en Recuay, de donde los autos partirían rumbo a Caraz, haciendo sus pruebas de regularidad durante la etapa. Otra vez nos adelantamos, pero la carretera no está buena. El asfalto se ha deteriorado, han aparecido baches que se profundizan rápidamente con el tráfico, y el manejo resulta cansador, tratando de esquivar huecos, en la mayoría de los casos sin éxito. A diferencia de Huaraz, que ha sido reconstruída sin criterio arquitectónico y tiene la iglesia más fea que he visto hasta hoy, Caraz es un lindo pueblo. Con una iglesia sobria y elegante, una Plaza de Armas acogedora y sus angostas calles, recuerda al Callejón de Huaylas previo al terremoto de 1970 que destruyó todo.

Al llegar a Marcará nos desviamos para visitar Chancos, los baños termales que en los años 40 visitaba con mi madre en las vacaciones de Fiestas Patrias. El hotel que tenían los señores Sommerfeldt ya no existe y los baños son una inmundicia. El paisaje sigue siendo espectacular, al pie del Nevado de Copa con el río corriendo al lado. Valdría la pena que alguien se preocupe por recuperar este lugar de gran potencial turístico, ahora que la carretera de acceso –al menos hasta Huaraz– es excelente.

La etapa Recuay-Caraz terminó con un almuerzo en el restaurante campestre del Fundo Palmira, donde se cultivan flores para la exportación. Con pachamanca y bailes típicos se remató la etapa y regresamos al Hotel Huascarán de Huaraz, que merece un comentario. Ubicado en plena ciudad, con un buen local, este hotel, con un pequeño esfuerzo adicional en el mobiliario e iluminación de los cuartos, podría merecer las tres estrellas que generosamente le han otorgado. La espectacular vista del Huascarán y el buen servicio de los camareros y barman compensó esas deficiencias.

EL REGRESO


Mientras en la categoría A de los autos antiguos iba ganando el Chrysler del año 30, piloteado por Jorge Nicolini y Alfonso “Papo” Flores seguido muy de cerca por el Ford que manejaba Coco Canedo, en la general se disputaban la punta el MG  de Miguel Rodrigo y el Volvo P1800 de los argentinos Carranza. Como siempre, nosotros íbamos por delante, por lo que no vimos el drama de Rodrigo quien, al ganar el prime de Conococha, tenía practicamente ganado el Rallye. Pero, como los fierros son fierros, el MG rompió una guía de válvula y llegó a Lima en la grúa del Touring y Automóvil Club.

Todos los demás llegaron por sus propios medios, resultando ganador de la general el equipo argentino de los Carranza en el Volvo P1800. En la categoría A ganó el Chrysler de 1930 de Jorge Nicolini. Segundo en la B y en la general fue el Opel GT de 1969, un lindo cupé rojo, de Manuel Navascuez, dueño también del P1800 ganador.

El sábado en la tarde todos los autos, con excepción del MG, llegaron a casa por sus propios medios. Además de dar un ejemplo de dedicación y espíritu deportivo, los participantes mostraron su habilidad como pilotos al timón de autos que, por los estándares de hoy, son difíciles y cansadores. Dudo que en ningún otro tipo de competencia haya tanta cordialidad y espíritu de cuerpo como el de este grupo de aficionados.

Satisfechos, habían demostrado que saben restaurar y manejar autos, recorriendo en ellos más de 1,000 kilómetros, algunos a más de 4,000 metros de altura. Pero sobre todo se dieron el gusto de darle buen uso al objeto de sus cuidados y, por que no decirlo, divirtieron a lo grande. Nosotros también.

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