Por los Salones (2)

salones-dos

Además de ser muy agradable y poco cansado –tal vez la edad tenga algo que hacer con esto– el Salón del Automóvil de aquella época era una ocasión para hacer vida social. Los hoteles y restaurantes eran baratos para los peruanos, como lo eran muchas otras cosas –incluyendo la ropa– excepto el licor. Es por esto que los encargados de relaciones públicas de las grandes empresas, que entonces estaban ajustados, buscaban cualquier ocasión para llevar a comer, y en especial a beber, a los invitados de ultramar. A la menor insinuación traían a la señora, que estaba generalmente feliz de ir a un hotel elegante y comer rico en una época en que eso era un lujo.

Hoy sucede lo contrario, hasta el punto que algunas de las empresas que invitan a periodistas reservan un restaurante o dos y los envían solos, para que coman y tomen a su regalado gusto, con tal de librarse de ellos por un rato. Esto es comprensible, ya que algunas empresas tienen poco personal y la presentación de un modelo nuevo es una maratón que deja exhaustos a los que deben atender a las hordas de periodistas en varios idiomas. Hace años que se acabaron los autos con chofer que lo llevaban y traían a uno, aún si iba a un museo o de compras. Hoy los rebaños de periodistas se manejan en grandes buses, generalmente acompañados de maletas, cambiando de hoteles, a veces sin tiempo para cambiar de ropa.

Tal vez el contraste se nota más en la apariencia de los periodistas, que hoy, molidos y sin haber tenido tiempo para cambiarse, terminan yendo a la cena de gala con blue jeans y –para cumplir con el requisito– una camisa sport con corbata debajo de un saco arrugado. También es cierto que algunos ya no saben ni anudarse la corbata, cosa explicable si se considera que ésta se está tornando en un anacronismo. Como contraste recuerdo la comida que me invitó un directivo de la ya difunta fábrica de camiones Henschel, cuando el Salón del 59 en Frankfurt.

El Señor Director –Herr Director, para los alemanes casi un título nobiliario– me notificó por medio de su asistente que la cena sería en un restaurante cuyo nombre olvidé pero que era lo más elegante de la ciudad. El Señor Director iría con su esposa que estaba aprendiendo castellano y también había invitado al señor Consejero de la Embajada del Perú, quien vendría a visitar el Salón. Henschel hacía muy buenos camiones y tenía interés en establecer contactos en el Perú para hacerlos conocer.

Recuerdo la ocasión: había llevado un terno veraniego y un saco sport, y era la ocasión para comprarme un buen terno, que a los precios en Alemania eran una ganga. El asistente del Herr Direktor me llevó a la Kaiserstrasse, donde quedaban las mejores tiendas de Frankfurt (hoy convertida en barrio rosado, con shows y cines porno, y un grupo de drogadictos en la puerta del túnel que da a la estación).

Fuimos a los almacenes más importantes de la ciudad, que tenían una elegante sección de caballeros, donde me compré el mejor terno. Era de tela inglesa con botones para tirantes (han vuelto con Larry King), basta en el pantalón y chaleco. El sastre de la tienda me tomó medidas y el terno, ajustado a la perfección, llegó unas horas más tarde al hotel en una hermosa caja llena de papel de seda, con botones de repuesto y una elegante tarjeta. Era tan bueno que 20 años después tuve que regalarlo porque resultó indestructible.

Visto desde una perspectiva de 40 años, Frankfurt –y para el caso los demás salones– han cambiado más que de aspecto. En aquella época, las empresas eran más chicas y eran unos cuantos los que manejaban las cosas. El trato de los periodistas era no sólo con la gente de relaciones públicas, que en algunos casos no había, sino siempre con alguien de la sección comercial. Uno obtenía información, pero también la daba, y era aprovechada al máximo. Probablemente los funcionarios de aquel entonces, y no sólo me refiero a la Alemania de “el milagro”, ganaban menos pero trabajaban mucho más. Estaban reconstruyendo Europa, recuperando mercados y en algunos casos ganando nuevos.

No conocí el Tokio de aquella época, pues Japón recién comenzaba a figurar en el mapa de la industria automotriz y sus autos no despertaban interés. Recién conocí el Japón hace 35 años, pero el cambio ha sido similar. La primera vez que lo visité, fui huésped ilustre. En las siguientes oportunidades hubo grupos cada vez mayores de periodistas y de invitados. El Salón de Tokio tuvo que mudarse y hoy está en un espacioso local sobre la bahía, rodeado de elegantes hoteles y grandes avenidas. Si bien ahora los periodistas se cuentan por miles y es un trabajo agotador tratar de visitar los stands, las facilidades han mejorado al menos en la mayoría de los casos.

Mientras que hace 50 años nadie pensaba hacer una llamada telefónica a casa, hoy los centros de prensa de los salones tienen decenas de líneas abiertas y computadoras para comunicarse –ya sea por voz, fax o email– con el resto del mundo. Por la diferencia de horas estas oficinas están abiertas desde muy temprano hasta muy tarde y ofrecen todas las facilidades del caso.

Ir a un sitio lejano para informar sobre las novedades de la industria siempre es interesante, y en el caso de los medios especializados es importante, pero antes era además muy divertido. Admito que la edad tiene algo que ver pero, cuando les cuento a los jóvenes la gente que conocí y cómo la pasaba en los salones de antaño, no me quieren creer…

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