Viaje Electoral (2)

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Después del viaje nocturno a Chiquián, el regreso de día nos pareció un paseo. Había que volver a Lima, para recargar votos y salir rumbo a Huanuco. Los Jorges se quedaron y esta vez me acompañaron Ronny, piurano, estudiante de Ingeniería que por primera vez viajaba a la Sierra, y Nico. Estudiante de último año de Medicina, Nico cultivaba una úlcera rebelde y llevaba una provisión de leche para calmarla. Con familia en Huanuco, el futuro médico se ofreció a acompañarnos para ayudar con la gente del lugar, a pesar de que sospechaba que el viaje le despertaría la úlcera. Tenía razón.

En Casapalca se nos reventó una llanta. No era la primera vez que tenía que cambiar la rueda en la Sierra, y les informé a mis pasajeros que demoraría media hora. Nico, que agonizaba en el asiento posterior tomando leche, nos deseó suerte. Ronny, creyendo que estaba en Piura, saltó ágilmente del auto, colocó la gata, le dio a la manivela, sacó el vaso, tomó la llave de rueda y… cayó al suelo pálido como un papel.

Del asiento posterior vino la voz agonizante del casi-médico “se le va a pasar… dale agua y un caramelo de coramina”. En esa época había unos cubitos blancos con azúcar y coramina que se suponía aliviaban el soroche y, aunque no los usaba, siempre los llevaba por si acaso. Ronny fue a sentarse al asiento delantero y yo, con la calma que requieren los 4,500 metros, terminé de cambiar la rueda. La llanta delantera derecha había dejado de existir y tendría que comprar una nueva. La compraría donde el tío de Nico, en Huanuco, pues no llevaba mucha plata y allí me darían un buen descuento y hasta crédito si fuera necesario.

Como habíamos salido muy temprano, llegamos a Huanuco de día. Nico resucitó temporalmente y fue a la casa de su tío a seguir agonizando. Compramos la llanta y, para sorpresa nuestra, nos dieron dos por el  precio de una, “por Belaunde”. Así el Chevrolet, otra vez limpio, sin polvo y engrasado, tenía ahora cuatro zapatos nuevos. Mientras lo lavaban y enllantaban, ubicamos nuestro “comité”, un grupo de estudiantes entusiastas, con los que nos reunimos mientras en la Plaza de Armas se organizaba una manifestación pro Lavalle y otra de Pradistas. Alguien había convencido a los huanuqueños de que Prado era de allí, y eran mayoría. En el balcón del Hotel de Turistas había un micrófono y el ingeniero Cabrerizo, nuestro profesor de Física de la Escuela de Ingenieros, hacía un discurso pro Lavalle.

El local del comité, era un cuarto (creo que en una pensión) al que llegó el delegado que había llevado votos a Tingo María. Había hecho el viaje en un Peugeot 203 que parecía un adobe con parabrisas. Nadie se explicaba cómo el carrito, con la maletera llena de votos, había cruzado el Carpish y llegado a Tingo con lluvia. Pero allí estaba de vuelta, entero y sin problemas. Más cerveza y luego al hotel.

Para entonces se había iniciado una pelea entre lavallistas y pradistas, y nosotros, literalmente en balcón, tomábamos cerveza mientras se turnaban los oradores. El Chevrolet estaba estacionado en plena plaza, pero en esos tiempos a nadie se le ocurría tocarlo. Sin embargo, pensando que alguien podía tirar una piedra, decidimos guardarlo en el garaje del hotel. Ese pudo haber sido su fin.

Entre las cervezas, la oscuridad y el alboroto, con la ayuda de un solícito guardián, casi voy a dar a un enorme hueco. Una piscina en construcción al lado del hotel, que tengo entendido nunca acabaron, iba a ser la tumba de mi Bel Air. Felizmente paré a unos centímetros del borde. Eventualmente el auto quedó en el garaje y, mientras seguía el jolgorio en la plaza, terminamos nuestras cervezas, algo más sobrios después del susto. Al día siguiente salimos rumbo a Lima.

A mi regreso fui al comité de la campaña, que quedaba en la Plaza San Martín, junto al cine Colón, a contar nuestras aventuras. Para gran sorpresa me enteré de que había un fondo para gastos, pues sin que lo pida me dieron 500 Soles, con los que cubrí mis gastos de viaje incluyendo la llanta. Me divertí como pocas veces, tomé cantidades de cerveza, conocí gente simpática y… perdimos las elecciones. Poco después me invitó el Arquitecto a su casa en la calle Inca Ripac para contarle qué había pasado… pero ésa es otra historia

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