Viaje Electoral (1)

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Se acerca un año electoral, con lo cual vendrán las campañas, que serán muy diferentes de lo que fueron hace más de 50 años. El ambiente me ha hecho recordar mi única participación en una campaña política, que fue hace más de medio siglo. Fue en el año 1956 cuando el arquitecto Fernando Belaunde decidió lanzarse como tercera opción a dos candidatos de la derecha clásica: Manuel Prado y Hernando De la Valle. En aquella época cada candidato ponía sus votos (papeles impresos con su nombre y lista) en la mesa de sufragio, los votantes recogían todos los votos y, en la cámara secreta, ponía en la urna el de su preferencia.

Parte de la campaña electoral era la necesidad de hacer llegar los votos (papeles impresos) a todas las mesas electorales del país. Como es fácil imaginar esta no era una empresa fácil, y para un candidato sin fondos, había que movilizar a todos los adherentes. Mi participación fue llevando votos en mi posesión más valiosa, mi Chevrolet Bel Air, acompañado de entusiastas adherentes. No ganamos las elecciones, pero los viajes fueron divertidos. Dado el ambiente electoral que se avecina, creo que merece volver a contar la historia.

Era el año 1956. Después de tenerlo un año e invertir en él casi lo que me costó, vendí mi Citroën, comprado en 14,000 Soles, en…. 14,000 Soles. Me compré un Chevrolet donde Alfredo Graf. Pero no era cualquier Chevrolet. Era un Bel Air de 1951, “cupé techo duro”, azul con techo blanco, impecablemente conservado. Era uno de los autos más bonitos de la época y además era buenísimo.

Aparte del mal hábito de quedarse trabado en segunda (problema común a todos los Chevrolet de esos años), que se remediaba levantando el capó y moviendo la palanca a mano, el Bel Air no tenía fallas. Era alto, duro, confiable y con la potencia suficiente para llegar a cualquier sitio. A diferencia de los V8 de la época, que sonaban lindo y calentaban con frecuencia en las subidas, el 6 en línea sonaba menos pero no calentaba nunca ni consumía aceite. Nunca supe cuánto consumía de gasolina, porque ésta era tan barata que por el precio de una bujía se llenaba el tanque y quedaba vuelto.

Ese era el auto que tenía cuando mi ex profesor, decano y amigo de mi padre, se lanzó de candidato a la Presidencia de la República. Lo que nos pareció una aventura descabellada, de repente adquirió visos de realidad gracias a la colaboración del general Odría. Un oportuno manguerazo del “Rochabas” puso a Fernando Belaunde en vitrina y sus alumnos y ex alumnos –junto con miles de otros estudiantes– decidimos apoyarlo.

Cuando se trató de llevar votos a provincias, para entregárselos a los delegados de nuestra candidatura, se necesitaba voluntarios para transportarlos. Me ofrecí, junto con varios amigos que tenían gran entusiasmo pero carecían de auto. El Chevrolet fue asignado a dos rutas: Huaraz –con un desvío a Chiquián– y Huánuco. El primer viaje fue al norte, con dos amigos. Uno de ellos se inscribió luego en el partido Acción Popular, que entonces no existía. El otro emigró hace años a Venezuela y murió en Sudáfrica. Ambos se llaman Jorge.

Chiquián queda en un desvío de la carretera a Huaraz, antes de la laguna, en plena Cordillera Negra. No sé cómo será el camino hoy, pero hace 54 años era muy angosto y lleno de curvas. Llegamos al desvío al anochecer, y el faro pirata –un elemento hasta entonces decorativo– resultó de suma utilidad. En las angostas y empinadas curvas las luces daban casi siempre fuera de la carretera, que quedaba iluminada por el solitario haz del pirata, apuntando abajo y al centro.

Cuando llegamos, encontramos a nuestro delegado –profesor de Educación Física y único miembro del comité belaundista– en una sófera tranca. Estaba celebrando su ingreso a las filas del pradismo y no teníamos a quien entregarle el paquete de votos. Una joven profesora se apiadó de nosotros y prometió poner los votos en las mesas. Sospecho que nunca fueron usados en las elecciones. Al menos espero que hayan servido a los colegiales para hacer apuntes. De allí a Huaraz, a buscar a nuestro colega, compañero de clase de la Escuela de Ingenieros (hoy UNI), el Gordo Salirosas.

Llegamos a la ciudad muy de noche y ubicamos al Gordo en su casa. Su oficina era un estudio fotográfico, donde con aire de conspiradores se reunieron los miembros del “comité”. Hicimos entrega de los votos y tomamos muchas cervezas. Para entonces el Bel Air, cuyas ventanas no eran herméticas, estaba lleno de tierra y necesitaba urgente una lavada y una inspección por abajo, pues había recibido varios ominosos golpes de piedra en el camino. Mientras Jorge discutía de política con el “comité”, yo con el otro Jorge (a quien llamaban Yura, porque era nacido en Suiza) fuimos a arreglar el auto.

Tapado de tierra, un palmazo al asiento echaba nubes de polvo. Una vez lavado, sacados los asientos y sacudidos, limpio por arriba y por abajo, lo inspeccionamos con cuidado. Fuera de un pequeño abollón en el mufle, no tenía nada. Limpio y brillante, el Bel Air dio varias vueltas a la Plaza de Armas para impresionar a las lugareñas y quedó cuadrado frente al taller fotográfico que quedaba en una de las esquinas.

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