
Nunca olvidaré el número: 15205. Fue el de mi primer brevete (licencia de manejo), que ha cumplido 62 años. En la época en que lo saqué el mundo era diferente, incluyendo el Perú. Para sacar el brevete –además de pasar un examen médico y saber manejar– había que ser mayor de edad, y para ser mayor de edad había que tener 21 años. Entre las clases que me había dado el “Chayo”, con la camioneta de la empresa en que era socio mi padre, y Armando, el chofer de nuestro Packard, había aprendido a manejar; pero tenía sólo 18 años.
Había una circunstancia adicional que me daba un status legal inusual. Mi nacionalidad estaba en el limbo, pues había nacido en Polonia, país que para nosotros ya no existía como tal. Mis padres eran ciudadanos peruanos y el gobierno polaco en exilio –que funcionaba en Londres durante la guerra– dejó de existir cuando Gran Bretaña reconoció a la Polonia comunista. Para viajar el gobierno peruano asumía la responsabilidad de mi ciudadanía con un “salvoconducto”.
Al cumplir 18 años podía optar por la ciudadanía peruana, el país donde había crecido y me había educado, que ya era la de mis padres. Además –para mí eso era lo más importante en ese momento– si era ciudadano podía sacar brevete. En aquella época existía la “emancipación”, que consistía en otorgarle la mayoría de edad por consentimiento de los padres a un irresponsable de 18 años. Mis padres no tuvieron inconveniente en hacerlo y fui emancipado.
La primera gestión fue obtener la nacionalidad, trámite que, con la ayuda de amigos, se hizo en pocos días. Me dieron un impresionante documento verde impreso en papel con sello de agua, por el cual constaba que era ciudadano peruano. Lo curioso es que no constaba que hubiera sido antes ciudadano de otro país, pues cuando llegué al Perú era muy chico y formaba parte del pasaporte de mi mamá. Como quien dice un pasaporte en cinta.
El siguiente paso era sacar libreta militar y electoral, una serie de trámites que culminaban con… ¡el brevete!. Después de tomarme cantidades de fotos tamaño carné y pasaporte, de frente y de perfil, recorrí diversas oficinas estatales. En esa época eran pequeñas, y con empleados amables. En poco tiempo tuve libreta militar y electoral (la militar la conservo hasta hoy) y estaba expedito para el trámite que había motivado todos mis esfuerzos, mi emancipación y mi extraordinaria eficiencia en los trámites previos: el brevete. Entonces como hoy, el trámite se iniciaba con un examen médico, en el antiguo Hospital de Policía. Como era de esperar, aprobé sin problemas. Pero después venía la parte difícil: el examen de manejo.
En aquel entonces los que aspiraban a tener brevete eran pocos y el número de examinadores, que incluía técnicos de tránsito y oficiales de policía, igualaba al de candidatos. El examen era difícil para quien no tuviera experiencia manejando, pues había que cuadrar entre dos autos al primer intento, luego dar una vuelta en el tránsito y contestar preguntas sobre el reglamento. Por supuesto que yo me consideraba un eximio piloto porque me encantaba manejar, pero a nuestro chofer, Armando, se le ocurrió hacerme un “pre-examen” con el Packard.
Fue un baño de agua fría. En tres intentos no pude estacionar en un espacio que, según Armando, era mayor que el que me iban a dar en el examen. Además me enteré de que la distancia a la que uno debía parar en una luz roja era más del doble de la que paraba todo el mundo. Conocía las señales, que en esa época se hacían con la mano porque muy pocos autos tenían luces direccionales, pero no conocía los límites de velocidad. En aquella época, Miraflores estaba en expansión y lo que hoy son barrios viejos eran urbanizaciones nuevas donde se podía practicar.
Además de comprarme un reglamento, Armando me llevaba a las zonas recién urbanizadas y me hacía estacionar hasta que aprendí a meter el gran Packard en un sitio donde cabía con las justas. “No hagas chillar las llantas contra el sardinel por que te jalan… el secreto está en ponerte bien al costadito del que está delante, pero no muy pegado”; las instrucciones las daba Armando con movimientos de pié, su hábito de futbolista. Eventualmente estuve listo para el examen y le pedí a un amigo, teniente de Policía, que me recomendara.
La gestión tuvo un efecto contraproducente. Mi amigo me asustó: “el colorao que toma el examen es un amargo, y se tira a los recomendados… si sabes manejar vas a pasar, si no, te fregaste”. Me citaron un día en el Campo de Marte a las 9 de la mañana. Cuando llegué, con media hora de anticipación para estudiar el lugar y ver los sitios donde debía estacionar, me encontré con un pequeño grupo que incluía una chica con un Buick; todos habían pensado igual que yo y habían ido a estudiar la cancha.
Unos minutos antes de la hora indicada llegaron los examinadores con la lista de los candidatos y los documentos que habíamos entregado previamente y comenzaron a llamar en orden alfabético. Ahí aprecié la ventaja de apellidarme Unger. El primero era un señor mayor –un viejo de como 40 años– obviamente nervioso, a quien los examinadores trataban con gran respeto y le decían ingeniero. Después me enteré de que era un alto funcionario del Ministerio de Fomento. Cuadró su Ford –bastante más corto que el Packard– a la primera, entre dos autos de los que habíamos traído los postulantes.
Felizmente al Packard no lo pusieron para servir de tope en el examen, por que –como no tardé en ver– no todos sabían cuadrar. Después del ingeniero, que se fue con uno de los examinadores a la prueba de manejo, le tocó a los demás. Dos no pudieron cuadrar a la primera, entre ellos la chica del Buick. Se la tuvo que llevar su chofer cuando le dijeron: “practique y regrese dentro de un mes”. Ni siquiera le hicieron el examen de manejo que incluía preguntas sobre el reglamento. Finalmente me tocó a mí.
Armando estaba parado en la vereda y sonría maliciosamente viendo el sufrimiento de los que daban examen. Lo hicieron alejarse para que no me diera instrucciones. Felizmente ya sabía cuadrar. El examinador más temido, el colorado, se sentó a mi lado y me dijo: “ahora vamos a dar una vuelta a ver si sabes manejar”. No me preguntó nada sobre el reglamento y me conversó sobre el auto, tema que me encantaba. Le gustaba el Packard, no sé si genuinamente o para distraerme, a ver si paraba demasiado cerca de la esquina o hacía alguna maniobra indebida.
Tweet


Es grato leer sus vivencias señor Unger. Saludos, José M.