Zurcido de Ropa

zurcido

Hace muchas décadas que no veo una media zurcida. Mis hijos nunca vieron una. En un tiempo existió toda una industria del zurcido y del remiendo de ropa. Los sastres volteaban ternos viejos y cuando rompía un pantalón mi madre lo llevaba al “zurcido invisible”. Los codos de las chompas tenían varias capas de zurcido (no siempre del mismo hilo) hasta que un genio inventó los parches de cuero. Los cuellos de las camisas se volteaban y les cambiaban el elástico a los calzoncillos.

No tengo hermanas, así que no llegué a conocer las maniobras que se hacían con la ropa femenina. Pero notaba cada vez que alguna chica del barrio se hacía teñir la chompa. Se notaba que no era nueva pero era un cambio. Mi madre se hacía remallar las medias de nylon con una señora que “…debería usar un monóculo de relojero, se va a quedar ciega, ya le he dicho que la distancia focal…”.

Cuando era chico la ropa era muy cara. Una buena chompa era una posesión valiosa, y una casaca de cuero era mi sueño. En la Calle Larco (todavía no la habían ascendido a Avenida) estaba la tienda de Pedro P. Díaz donde las vendían. Había unas “reversibles”, gamuza con botones por un lado y cuero brillante con cierre relámpago por el otro. Tanto a la ida como a la vuelta del colegio paraba a mirarla. No recuerdo cuanto costaba, pero calculé que mi propina de medio año no alcanzaría para comprarla.

Eran los años ’40, estaba en media, y en un momento dado comencé a darle importancia a mi aspecto personal. Un cambio por el que toda mi clase pareció pasar casi simultáneamente. Fue en esa época que tuve una de las sorpresas más agradables de mi vida: para mi santo, que es en invierno, me regalaron la casaca de cuero reversible.

Mi madre me había explicado que era demasiado cara, y le había encargado a una señora (cajera de la Tiendecita Blanca) hacerme una chompa. Ya daba por perdida la casaca y trataba de convencerme de que no era práctica, pero la seguía mirando todos los días. Ahora tenía el problema de que lado usarla, y la andaba volteando a cada rato. Pero la felicidad rara vez es completa: “no la lleves al colegio”. ¿Cómo iban a verla las chicas que esperaban el bus en Benavides y Larco… y la del Parque?.

Una oportuna intervención de mi padre resolvió el problema. “Que la lleve donde quiera, pero se encargue de cuidarla y limpiarla”. De allí que en adelante le presté mucha atención a mi ropa, y me fijé mucho en la que llevaban los demás. Años después, en un momento dado, me di cuenta de que la ropa estaba perdiendo importancia. Las nuevas fibras y tintes acabaron con el zurcido y las teñidas. Tal vez como reacción, se pusieron de moda los jeans desteñidos y luego parchados…hasta rotos.

Aún en los salones de primera de las líneas aéreas y lobbys de los hoteles de lujo se ve gente mal vestida, a veces parecería que a propósito. Seguramente algunas de las prendas son “de marca” y costaron caro, y los entendidos las distinguen. Probablemente, a los precios de la mano de obra del “primer mundo”, una chompa bien zurcida por la “remalladora” sin lupa de mi madre sería un lujo en cualquier “Lounge”.

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