
Hace poco estaba leyendo el último libro de Umberto Eco “La Isla del Día de Antes” que, además de ser muy entretenido, tiene jugosos diálogos. Uno de ellos, entre un jesuita holandés y un viajero piamontés, trata sobre los aciertos y pecados de Galileo. Esto me hizo pensar que el término pecado como que ha pasado de moda. Lo leí con nostalgia, como quien oye mencionar a un viejo amigo que tuvo gran importancia en la adolescencia y que ha sido olvidado.
Cuando yo era colegial, el pecado estaba en todas partes. En el cine, en la playa y en la calle acechaba el pecado. Había tres clases y dos categorías. Se podía pecar de hecho u omisión (dejar de ir a misa), palabra y pensamiento. Las categorías eran mortal y venial. Para los efectos de la contabilidad, solamente los pecados mortales importaban, y generalmente eran de pensamiento porque, desgraciadamente, las oportunidades para pecar de hecho eran virtualmente nulas.
Para los que no están familiarizados con este tema, algunos ejemplos. Si alguien se quedaba con el vuelto de un encargo de sus padres, estaba pecando de hecho. Para que fuese un pecado grave, debía tratarse de una suma importante, como por ejemplo un sol, moneda de plata equivalente a la propina de una semana. Pero en aquella época los vueltos eran centavos, pues no manejábamos billetes y la moneda de a sol la recibíamos muy ocasionalmente. Además, uno se quedaba con el vuelto sabiendo que la mamá sabía que uno se lo estaba quedando, lo cual lo hacía, a lo más, un pecado venial.
Pecar de palabra consistía en hablar lisuras. Una vez el cura nos explicó que hablar lisuras era pecado, pero no mortal; pecado mortal era blasfemar. Pero, a diferencia de los españoles e italianos, que tienen blasfemias de gran valor literario, nosotros no las conocíamos. No había películas españolas y, si las hubiera habido, en la España de Franco hubiera sido inconcebible que contuvieran una blasfemia. El cura nos tuvo que explicar lo que era una blasfemia: un insulto al Señor, a la Virgen, a los santos, a los símbolos de la fé o al dogma.
En cuanto al pecado de palabra, ahí quedó la cosa y nos limitamos a nuestro venial y reducido repertorio de lisuras. El problema era el pecado de pensamiento. Visto de una perspectiva de medio siglo, todos teníamos unas ganas locas de pecar, pero mínimas oportunidades. Nos limitábamos a pecar de pensamiento, lo cual nos creó un problema filosófico que el cura trató de aclarar.
¿Era o no pecado mirar a las chicas con ropa de baño en la playa? Sin duda treparse en un banquito para mirar por la rendija cuando se estaban cambiando era un pecado de acción, y mortal; pero eso solamente lo podían hacer unos cuantos privilegiados que tenían hermanas con amigas que se cambiaban en su casa de playa: totalmente fuera del alcance de la gran mayoría. En la playa, en cambio, se podía mirar a las chicas en ropa de baño. Ropas muy púdicas por cierto, pero que dejaban ver bastante más de lo que se veía en la calle.
“Mirar en sí no es pecado, pero esas miradas lascivas y lo que estais pensando cuando mirais…” Este comentario dejaba la puerta abierta a los pecados de pensamiento, y de los más gordos. Lo cual era absolutamente cierto, pues la mayoría de los que mirábamos a las chicas en ropa de baño tratábamos de imaginarlas sin ella, y nos estábamos ganando el infierno a pasos acelerados. Pero el sistema tenía una falla intrínseca, que mermaba drásticamente su efectividad: bastaba un solo pecado mortal para consumirse por siempre en el fuego eterno. Habiendo pecado mirando a una chica, las demás eran gratis. El fuego eterno no aumentaba de temperatura, ni la eternidad se prolongaba.
Otro pecado que cometíamos con frecuencia, y que sospechábamos no era sólo de palabra, era la mentira. Aquí también surgían problemas que nunca nos fueron satisfactoriamente aclarados: si no decir la verdad era mentir, sobre todo cuando uno lo hacía para no disgustar a padres o profesores.
Nunca llegamos al tema de las creencias sobre evolución, astronomía y las actitudes del Supremo con respecto a los hombres, tan interesantes en los diálogos de Umberto Eco. Según el cura no estábamos calificados para “cometer pecados contra la fé”. Simplemente no habíamos alcanzado el nivel donde nuestras opiniones pudieran ser tomadas en cuenta. Nuestros pecados cotidianos eran los que le daban interés a la vida y eran la trama de nuestras aspiraciones y esperanzas.
Si bien teníamos conciencia de que nos íbamos a consumir en el infierno por toda la eternidad, nuestra aspiración era ganárnoslo bien. Vivíamos la permanente frustración de saber que, por el resto del tiempo, los diablos nos pincharían mientras nos quemábamos junto a Lutero, Voltaire y otros malvados, sin haberla realmente gozado.
Imperceptiblemente, el pecado fue desapareciendo del vocabulario y de la literatura y ya no lo oigo mencionar por ninguna parte. Por eso al leer a Eco sentí nostalgia. Cada vez me convenzo más de lo acertado de la observación que hizo mi madre cuando le conté lo que nos había enseñado el cura sobre el pecado: “Cuando seas viejo te arrepentirás de muchas cosas, pero no será por lo que has hecho sino por lo que has dejado de hacer”. Ahora lo sé. Los pecados más serios, los que uno mismo no se perdona, son los de omisión.
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Me encantó el artículo, es muy gracioso y es verdad, el pecado ha sido olvidado por completo.