
La memoria no funciona de manera lineal. Recordamos con claridad las cosas que nos causaron una fuerte impresión, pero no siempre las ubicamos en el tiempo. Recordamos –o creemos recordar– con gran claridad hechos ocurridos hace mucho tiempo. Otros, relativamente recientes, nos parecen lejanos. El caso de la Embajada de Japón es un evento que se mantiene en la memoria y no parece que hubieran pasado más de 13 años desde su desenlace y doce desde la publicación del libro “Rehen Voluntario”, que hace unos días saqué del estante.
El libro me trajo un claro recuerdo de Juan Julio Wicht, que murió en marzo, de este año y de las preguntas que nos hicimos la mayoría de los peruanos durante los larguísimos cuatro meses que duró la toma de la Embajada. Recordé como, día tras día, comentábamos con familiares y amigos el posible desenlace, mientras especulábamos sobre la vida de los rehenes en su situación kafkiana. En el libro “Rehén Voluntario”, escrito con Luis Rey de Castro, Juan Julio, el hombre que se quedó ahí por voluntad propia, describe el inicio, el día a día y el desenlace; la narración comunica las fluctuaciones del estado de ánimo de una manera impactante.
Sin emitir juicios sobre los protagonistas del drama, Juan Julio nos permitió conocerlos y hasta cierto punto entender su drámatico destino. Los terroristas se dividen claramente en dos categorías, la segunda víctima de la primera. Los rehenes, sacando fuerza de su formación, muy diferente entre unos y otros, pero con un denominador común de disciplina, que resulta invalorable ante la crisis. J.J. sacó fuerza de su fé y de su humanismo, en una situación para la cual –creo que sin saberlo– se estuvo preparando toda la vida.
“Rehén Voluntario”, se gestó hace trece años en mi casa. Se celebraba el paso de la Tierra por el punto de su órbita donde yo llegué hacía 67 años. Habían venido amigos a celebrar el cumpleaños. Juan Julio tocaba guitarra con Roberto Vallejo, mientras Coque Iberico cantaba y Rey de Castro escuchaba.
Creo que fue Luis quien le preguntó a Juan Julio si tenían guitarra en la Embajada y quienes tocaban y qué. Por ahí fue la conversación cuando Luis le dijo a Juan Julio: “esto hay que escribirlo”. Al día siguiente, conversando con Juan Julio, le advertí que no sería fácil, pues Luis, además de ser un excelente escritor, era periodista y arequipeño, con opiniones propias. También le dije que, en mi opinión, si había alguien que lo podía hacer bien era Luis. El rehén voluntario, después de haberse pasado una eternidad secuestrado por guerrilleros, se sentía capacitado para superar las diferencias que sin duda surgirían.
Tras una serie de grabaciones, entrevistas a otros rehenes y largas horas de computadora, Luis produjo el libro. La crisis era inevitable, porque Juan Julio lo tenía que revisar. Luego de una interminable espera, sucedió el milagro. El libro revisado y corregido por Juan Julio quedó terminado, con el beneplácito de Luis, para suerte de los que lo leímos. Lo que más me admira de este libro es que por momentos me parece oir hablar a Juan Julio.
Si bien hoy el evento de la Embajada nos puede parecer lejano, pasará a ser parte de la historia y, dentro de algunos años, creeremos recordarlo nítidamente. Para que la memoria no nos engañe, está el libro “Rehén Voluntario”, que nos recordará no sólo los eventos, sino ese trasfondo extraño de angustia y desolación que mantuvo en suspenso al país por 126 días. Creo que todos los peruanos deberíamos recordar a J.J., un hombre extraordinario que mostró su entereza en un momento importante de nuestra historia.
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