
Hace años, en el departamento de un amigo en Turín, presencié un hecho insólito. Mario estaba sentado en su sillón y al pié echado su perro ”Duccio” (di Buonisegnia), un poodle grande, gris plateado, dormitando.
Hablábamos castellano y le alabé al perro. Mario me contestó en castellano. ”Si, es un buen perro pero tiene un carácter difícil” y siguió hablando en italiano: “es un perro mentiroso, cochino y no sabe hacer nada”. El perro levantó la cabeza, lo miró fijamente a los ojos y gruñó. Mario siguió hablando en italiano, siempre sin mirarlo: “es un bueno para nada, que no sabe hacer nada y no hace más que fregar”. Para entonces el perro se paró y comenzó a gruñirle mirándole a los ojos. Mientras Mario seguía enumerando los defectos de Duccio, el perro parado, con las patas tiesas y el lomo erizado, le gruñía mostrándole los dientes furioso. Me sentí incómodo y le pedí que dejara de fastidiar al animal. Mario siguió hablando en el mismo tono, siempre en italiano, “no es verdad, después de todo es un buen perro,
es bastante simpático y me acompaña”. El perro se relajó y se volvió a echar, no sin antes echar una mirada de desprecio a su amo; con un pequeño gruñido se echó a dormir.
Uno o dos años más tarde volví a Turín y fuimos a pasear con Mario y Duccio por el parquecito, frente a su casa, al lado del Po. Duccio correteaba, husmeaba, iba venía, siempre volviendo para ver donde estábamos. Cuando regresábamos en el ascensor, Duccio le agradeció a Mario el paseo con un golpe de nariz en la mano. Recordando el insólito diálogo de años atrás le comenté:”veo que ya te ha perdonado los insultos”. “Si, es un buen perro, tenemos nuestras discusiones pero nos llevamos muy bien”.
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