
Cuando se publique esta crónica habrán pasado las Fiestas Patrias, con sus desfiles y celebraciones. Las banderas seguirán por algún tiempo. Antes de que nos demos cuenta, vendrán las siguientes Fiestas. Pero todos los años los desfiles y sus preparativos le dan una continuidad que se remonta a mis años de colegial, época en que Miraflores tenía una celebración propia, cuyo advenimiento se anunciaba por calles y plazas con el ruido de las cornetas. En el Parque de Miraflores desfilábamos todos los colegios del balneario (en aquella época a Miraflores se le llamaba balneario). Éramos pocos y todos nos conocíamos, al menos de vista. Uno de los atractivos de las Fiestas Patrias era que interrumpían la rutina.
Los que tocaban en la banda del colegio podían llevar a su casa la boquilla de la corneta para practicar. Esto daba lugar a que, a la salida, se iniciara un ruido espantoso que se esparcía en todas direcciones. Sin embargo había excepciones. Bobby Newell tocaba muy bonito. Recuerdo haberlo oído en el Parque antes de entrar al colegio. Los que tocaban tambor entrenaban en el colegio, por lo que quedarse castigado en vísperas del desfile era un verdadero martirio, peor en los días en que entrenaba la banda completa. Las boquillas, puestas en la corneta, adquirían mayor volumen y los que desafinaban más siempre tocaban más fuerte. Si hay justicia, el cura Joaquín, encargado de la banda, se ha ganado el cielo. Era un mártir.
Los ensayos generales del desfile se llevaban a cabo en el Parque y alrededores, por lo general en frías tardes de garúa. La mayor parte del tiempo nos la pasábamos parados, pateando piedras y quitándole la cristina al de adelante. A veces, a los más chicos de la clase, nos humillaban poniéndonos con los años inferiores por razones de estatura. A los brigadieres, generalmente los más altos, les daban un palo blanco que, cuando marchaban, llevaban al hombro. Mientras esperábamos, invadidos por un repentino espíritu marcial, los usaban para “poner orden” golpeando a los que metían vicio.
Mientras pasaban interminables filas de chicos de otros colegios, la vida miraflorina seguía su curso. Ocasionalmente pasaba el familiar de algún muchacho, lo que era motivo para hacer bulla. Si era una hermana, había aplausos y gritos, para desesperación de la víctima. Pero la tortura más grande fue el día en que nos tocó parar media hora delante del billar, del cual se asomaban amigos, taco en mano, para contemplar nuestra humillación.
Finalmente se llevaba a cabo el desfile y todos marchábamos nuestra cuadra de la entonces calle Larco, sacando pecho y pisando fuerte. La banda, por algún milagro de inspiración, producía una aceptable Marcha de Banderas, mientras los orgullosos familiares aplaudían nuestro paso marcial. Ese día, encima de la puerta del billar había una bandera y, después de desfilar, no faltaba quien convidara un cigarro rubio, de una cajetilla recién comprada con la propina especial, recibida “por lo bien que has marchado.
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