Por los Salones (1)

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El Salón de Ginebra es el primero del año, el único en la primavera del hemisferio norte; los demás son en otoño. Si bien he ido a Ginebra hace unos años, nunca estuve en el Salón. Los Salones ya no son lo que eran antes. La última vez que fui al de Frankfurt, logré ver sólo una pequeña parte y terminé molido. La cantidad de material que entregan las empresas –a pesar de que ahora la mayoría tiene CDs–  es apabullante. Se ve cada vez más colegas con carritos para llevar el material, porque ya no pueden cargarlo.

Hace algunos años Ford tuvo la genial idea de darles casilleros a los periodistas para que guardara el material que iban recogiendo. Los casilleros se agotaron y el stand de Ford era el más visitado: todo el mundo iba a dejar sus cosas para poder seguir caminando. Los salones han crecido a la par con el mercado automotor y el número de medios de información especializada. Hoy los periodistas se cuentan por miles y un día especial para la prensa ya no alcanza. La última vez que fui invitado a un salón decidí cederle la posta a alguien más joven, porque para mi ya no son divertidos.

Cuando se enteraron de mi decisión me preguntaron cómo eran los salones de antaño. Sobre los de antes de la guerra sólo sé lo que me contaron mis padres, que estuvieron en el de París de 1937. Me trajeron varios catálogos que conservé como un tesoro durante muchos años y me contaron de su visita. Por tratarse de un evento tanto social como técnico, los asistentes iban muy elegantes. Mi madre me contó como se había vestido y mi padre fue naturalmente de terno, con sombrero y abrigo (había guardarropa). Del hotel George V se llegaba en taxi en unos 20 minutos al “Grand Palais”. En las fotos que trajeron no se veía más decoración que pilares,  sogas forradas de terciopelo y letreros.

Mi padre me contó sobre los autos que lo habían impresionado más: la tecnología del Maybach Zeppelin, el Graham Page con compresor, la línea del Lincoln Zephyr y el Delage de Chapron, el interior del Humber Limousine y el deportivo de Alfa Romeo. Me trajo el catálogo de Humber, de Citoêen y del Graham Page, pero el Delage y Alfa Romeo no tenían catálogo y le tomaron la dirección para enviárselos por correo. Seguro que no le vieron cara de comprador, porque los catálogos nunca llegaron.

El primer salón que visité en mi vida fue el de Frankfurt, hace casi 40 años. Hoy, comparado al del último año, parecería enano pero a mi me pareció inmenso. Ahora que lo pienso, casi todos los autos estaban en la rotonda donde hoy sólo se exhiben vehículos especiales (blindados, autos para inválidos, camionetas postales, etc.). En aquel entonces VW tenía el stand más impresionante, con una maqueta que simulaba el costado de un barco del cual bajaban decenas de Escarabajos. Era la época del milagro alemán.

Como es costumbre, las marcas del país tenían los mejores stands, los cuales, comparados a los de hoy, eran franciscanos. Con excepción de Volkswagen, que tenía un barco de cartón y Mercedes, que tenía un stand elegante y bastante grande, los demás simplemente exhibían sus autos. Allí estaban los otros fabricantes alemanes de entonces: BMW, Borgward, DKW, Ford, Goggomobil, Lloyd, Messerschmitt, NSU, Opel y Porsche. Además de los otros fabricantes europeos, había algunos autos americanos, una presencia de compromiso, porque en Europa casi no se vendían. Más bien los autos europeos estaban orientados a la exportación, con slogans en inglés e ilustraciones que los mostraban en ambientes de aspecto americano.

Los periodistas éramos pocos y muy bien recibidos. El hecho de venir de Sudamérica, que en aquella época los europeos consideraban un importante mercado potencial –nos creían ricos– era una ventaja. Los gerentes de ventas y publicidad que estaban en los stands conocían a su representante peruano y hasta sabían cuántos y qué autos habían vendido en el Perú. Éramos importantes. Como éramos pocos y en aquella época visitar un salón no era una ocasión para desperdiciar, iban los editores o dueños de las revistas. Recuerdo que el señor Braunschweig, el dueño de “Automobile Revue” de Suiza –entonces el más importante periódico automotor de Europa– no se perdía un salón.

Además, los periodistas que veníamos de lejos éramos invitados a las fábricas y nos daban autos para probar, que a veces compartíamos con algún distribuidor de un país vecino. Nunca olvidaré al entonces representante de Mercedes en Colombia, señor Piedrahita, un caballero mayor con su esposa, ambos muy elegantes. Con ellos compartí un Mercedes 300, con el que viajamos a Colonia. Todo Alemania me parecía muy barato, inclusive el “Dom Hotel”, en la plaza del Domo, donde nos alojó la Mercedes.

Hace 40 años el país más motorizado de Europa era Suecia, con menos de 7 habitantes por automóvil, mientras que en Alemania había más de 10. Como es de imaginar, el tráfico en el Autobahn era ralo y en las ciudades el estacionamiento muy fácil. Cuando me prestaron un auto –un Mercedes diesel– me paseaba por las ciudades sin peligro de perderme, porque podía parar en cualquier lugar a pedir indicaciones que todos estaban dispuestos a darme.

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