
Durante el viaje que hice hace unos años –a las Mil Millas de California– nos tocaron algunos tramos de autopista. Estas son las llamadas “Interstate Highways”, super carreteras que cruzan los EE.UU. por las que viajan los grandes camiones.La versión más común es el llamado “18 ruedas”, un tren que consiste en un tractor de 3 ejes (10 ruedas) con un semiremolque, con dos ejes (8 ruedas). También los hay de 20 ruedas, y aún más grandes, que son los remolques completos o vehículos para carga especial. Todos son impresionantes. Con un compartimiento para dormir detrás de la cabina, chimeneas y mucho cromo, los grandes camiones –los que más he visto eran los Kenworth y Petterbilt, pero hay otros– son un espectáculo.
Impecablemente mantenidos, con sólo el chofer a bordo, por lo general viajan por encima del límite de velocidad autorizado que es de 65 millas (104 km/hr.). A veces van bastante más rápido, pero parece que son inmunes a las papeletas, porque llevan detectores de radar y un sistema de intercomunicación por el que se prevenienen mutuamente sobre la presencia de patrulleros. Caminando en un Cadillac de 1949 dentro del límite legal de velocidad, que en algunos casos baja a 55 millas (88 km./hr.), los “18 ruedas” lo pasan a uno constantemente. En esas circunstancias es imposible ver al chofer, pues con las justas se ve la puerta y la ventana del asiento derecho que va vacío. Se oye el gran diesel que camina como un reloj y ocasionalmente el suspiro de los frenos de aire. Uno no puede dejar de pensar cómo será la vida del hombre que cruza miles de kilómetros acompañado sólo por su música e intercomunicador.
Al observar a estos gigantes de la carretera, con sus carrocerías cerradas de metal brillante, traté de imaginarme manejando uno de esos camiones. Contadas veces en mi vida he tenido la oportunidad de manejar un camión, y sólo una vez un tractor grande. Fue hace años, en Suecia, cuando Volvo me invitó para la presentación de un nuevo modelo de auto que coincidía con la presentación de una nueva línea de camiones, lo que aproveché para sentarme tras el timón de un tractor. Mi acompañante me preguntó si alguna vez había manejado un camión. “Sí, pero nunca uno de este tamaño”, a lo que me respondió: “¿Le gustaría hacer la prueba?, le sorprenderá el poco esfuerzo que requiere”.
Era cierto, el esfuerzo físico era menor que el de manejar un auto grande de los años 50… pero la habilidad es otra cosa. Prudentemente, antes de dejarme manejarlo, llevaron el camión a una pista de pruebas donde no había ningún otro vehículo. Antes de arrancarlo, la primera operación fue la de ajustar el asiento. Este era una butaca giratoria con una infinidad de ajustes y suspensión de aire, el asiento más cómodo que había probado en un vehículo. Luego estaba el tablero, con una cantidad de instrumentos y controles que ya no recuerdo. Mi acompañante resolvió el problema diciendo: “No vale la pena que le explique todo lo que hay aquí, para dar una vuelta basta con que mire el tacómetro y el velocímetro y aprenda a manejar la caja de cambios… si alguno le interesa en especial, puedo decirle lo que es”. Como estaba ansioso de poner a prueba mis habilidades, decidí que eso lo dejaríamos para después.
El tractor era un “F”, esto es un camión “ñato”, con la cabina sobre el motor –para ser más exacto, encima y delante del motor– y requería varios escalones para llegar a ella. La vista era panorámica, y se veía el techo del auto en el que habíamos llegado. Si no recuerdo mal, los 16 cambios se obtenían a través de una caja de 8 con doble reducción (8 x 2), con una sola palanca y un botón. La primera sorpresa fue el arranque suave y la ausencia de vibración en la cabina. Luego de practicar varias veces la posición de los cambios en el tractor parado, enganche primera; primer error: “estamos en plano, puedes salir en segunda o en tercera… no olvides que es un camión para 32 toneladas y vas vacío”.
Con los cambios todo fue bien. Mirando el tacómetro, dando un tiempito para pasarlos y siguiendo las instrucciones para el uso del botón, aprobé el examen. El problema vino en la primera curva. Un vehículo que mide más de 10 m., manejado como un auto, se come las esquinas. Felizmente, en este caso, de pasto. En la siguiente curva me faltó poco para quedar en la pista y en la que siguió me sobré y me comí el pasto al lado opuesto. El gran timón horizontal, hidráulico, la excelente visibilidad y el asiento perfecto, requerían un mínimo esfuerzo físico, pero la tensión por mantener el monstruo dentro de la línea deseada era grande.
En la segunda vuelta al circuito me comí menos esquinas y escogí mejor los cambios, pero si hubiera estado en una carretera habría causado varios accidentes. Dí un par de vueltas más y cuando paré –luego de lo que me pareció más de una hora de manejo– tenía la espalda mojada de sudor. Miré el reloj: habían pasado menos de 25 minutos. Definitivamente no estaba preparado para ganarme la vida como chofer de un tractor de 32 toneladas. Desde ese día miro con respeto a los que van tras el timón de estos trenes de la carretera. Pero hay otro tipo de camión cuyo manejo me inspira aún más respeto…
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