
Hace varias décadas, cuando mis hijos aún estaban en el colegio, uno de ellos vino a pedirme un lapicero de tinta, para hacer un castigo. Los castigos de su colegio no eran como los de mi tiempo (“copia quinientas veces no debo…”). Ellos copiaban artículos del reglamento del colegio y debían hacerlo con “tinta mojada”. Pero lo interesante no era el castigo, sino el lapicero.
Las cosas han cambiado mucho en lo que se refiere a implementos para escribir y la actitud hacia ellos. En la época en que yo estaba en el colegio, anterior al bolígrafo, un lapicero fuente era una posesión valiosa; recuerdo haberlo tenido sólo en los últimos años. Cuando chicos, escribíamos con plumas de metal, que se colocaban en un mango de madera y se mojaban en un tintero.
A muchos hoy les parecerá hablo de la época de la conquista o que he estado leyendo historias, pero así era. En la esquina superior derecha de la carpeta había un hueco redondo en el que se colocaba un tintero blanco de porcelana. Se llenaba de una gran botella que guardaba el cura. La tinta goteaba de la pluma si se cargaba demasiado. Si se cargaba poco, alcanzaba con las justas para un par de palabras. Algún genio anónimo inventó en esa época una pluma con un resortito abajo, que permitía escribir varias líneas sin recargar.
Había gran variedad de plumas, doradas, marrones y plateadas; dobles, gruesas, delgadas y unas muy elásticas que permitían hacer sombras para caligrafía. Los lapiceros variaban, desde los más corrientes de madera pintada de un sólo color hasta unos veteados de bakelita. Todos manchaban. Las plumas, además de raspar y producir manchones, se abrían cuando se las apretaba mucho, y dejaban una gotita de tinta en el papel. Por flojera, uno trataba de escribir hasta agotar la tinta y las letras iban palideciendo. Luego mojaba en exceso la pluma y venía la gota y el manchón. Compañero fiel de la pluma y de la tinta era el secante, otro elemento que ha desaparecido con la llegada del bolígrafo y la tinta seca.
El secante –casi siempre con propaganda de algún producto médico– servía para todo. Se lo usaba para secar manchones, limpiar plumas y apuntar datos importantes para copiar en los exámenes. Así como el secante cumplía varios fines, las plumas servían también para hacer carreras de caballos (haciéndolas correr por la carpeta), como dardos y para limpiar las uñas.
Sin darnos cuenta pasamos al lapicero fuente y poco después desaparecieron los tinteros. Las plumitas seguían dando vueltas, pero como “caballos de carreras”. Mis últimos castigos fueron hechos con pluma fuente; pero no la de mi padre, no me hubiera atrevido a pedírsela.
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Llegué a usar en el colegio las Parker allá por los años 60, pero por mis padres escuché una marca más antigua, si mal no me acuerdo Esterbook. De las Parker había unas clásicas (la 51 y 61) y otras de aspecto más moderno, las 45 que eran duales, es decir se les cambiaba cartuchos de tinta líquida o también podían usar el llenador manual. En el colegio, los profesores calificaban los examenes siempre con tinta líquida roja. El inconveniente es que en los viajes en avión solía filtrar – supongo por los cambios de presión – lo que me costó una chaqueta manchada. Me acuerdo que los productos se compraban en el local que tenía la Parker Peruana en la segunda cuadra del jirón Lampa, cerca de la Iglesia de San Francisco. Años que no escucha la expresión tinta mojada.