
Uno va aceptando costumbres y usos; aún cuando nos irritan. Nos hemos acostumbrado a que se “aperture” toda clase de cosas, a que entrevisten a personajes cuya opinión no le interesa a nadie, que se hable de Padres de la Patria y Fuerzas Tutelares. Pero hay apelativos que todavía me intrigan, como el de intelectual.
Cada cierto tiempo se dice de fulano que “es un intelectual”. Siempre me ha intrigado saber quién se hace acreedor al título, y cuales son los requisitos para alcanzarlo. La palabra tiene una acepción clara cuando se aplica a una acción específica. Por ejemplo, medir el perímetro de la Tierra tuvo dos componentes: intelectual y físico. Eratóstenes ideó el método e hizo los cálculos, el aporte físico lo puso su sirviente, que caminó de Alejandría a Asuán contando sus pasos. Cuando se trata de personas la cosa se complica.
Siempre me he preguntado, por ejemplo, por qué algunos pintores son acusados de intelectuales y otros no. Generalmente los psiquiatras son considerados intelectuales; no así los cirujanos, excepto cuando opinan sobre cosas ajenas a su especialidad. Los ingenieros no son intelectuales (¿será porque usan computadoras para calcular?), excepto cuando se meten en cosas que no han estudiado. Por alguna razón, los arquitectos reciben el calificativo con mayor frecuencia, igual que los abogados.
Intelectuales por excelencia son los filósofos y los escritores. Otro principio observado: los entrevistadores casi nunca son intelectuales mientras que los entrevistados frecuentemente lo son. He tratado de sacar en claro algunas reglas y tentativamente he llegado a las siguientes: 1). El calificativo no tiene nada que hacer con el intelecto, sino con el uso que se le da. 2). Cuanto más preciso y útil el uso que hace un sujeto de su cerebro, más se aleja de ser intelectual. 3). Cuanto más amplio y ajeno a sus conocimientos el campo en el que actúa, más se acerca al calificativo.
Estas sencillas reglas funcionan en la mayoría de los casos. Por ejemplo: un escritor que opina sobre economía, un abogado que hace crítica de arte o un psiquiatra que habla de fútbol tienen garantizada la chapa. Obviamente no es el caso de un periodista deportivo que habla de fútbol ni el de un abogado que habla de procedimientos legales.
Los científicos sociales, y en especial los sociólogos son intelectuales por antonomasia, ya que opinan sobre todo, y en especial sobre cosas que no tienen demostración práctica. Por último, están los intelectuales honorarios. Esta es una categoría especial, que en nuestro medio se da muy poco –porque somos un país pobre– pero que está bastante difundida en los países prósperos.
A pesar de no tener asidero real, la chapa de intelectual en ciertos países puede ser muy rentable, por lo que es codiciada y respetada –casi tanto como el dinero que produce. Quienes poseen los medios para crear intelectuales (empresas editoras, cadenas de televisión, etc.) acceden al título de intelectuales a pesar de ser personas que se limitan a hacer su trabajo y rara vez opinan en público. Estos son “intelectuales honorarios” que –aún si puede no hacerles gracia– llevan con dignidad el título. Algo así como el gremio medieval de albañiles que hacía “albañil honorario” al Obispo, que era quien le encargaba la catedral.
Luego de llenar este post sobre el tema, sigo sin saber que es un intelectual, lo que me expone peligrosamente a ser acusado de serlo.
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