
Entre las formas más refinadas de sadismo que han perfeccionado los médicos a través de milenios, está la limitación de la libertad personal. No basta que, cuando enfermo, uno se sienta mal; le limitan la comida y/o –peor aún– la bebida. Hace poco, por el mal de la montaña (de años), recurrí al médico. Alegremente y sin ningún cargo de conciencia, me prescribió una horrible medicina que limita mi cuota de whisky.
Esta limitación a mi libertad personal me llevó a pensar sobre mi antigua amistad con esa noble bebida y a tratar de recordar de cuando data. Mi primer recuerdo del whisky es de la época de guerra, cuando era escaso y caro y mi padre me mandaba a comprarlo a la bodega de Enrique (esquina de La Paz y San Martín, en Miraflores). Enrique tenía una fuente de suministro de pre-guerra limitada al Watt 69, en botellas de 750 centilitros, y el Corsair en un envase que no veo hace décadas: la botella curva para el bolsillo, de medio litro, incorrectamente llamada “chata”.
Mi padre prefería el Corsair. Como era un trago caro, yo estaba convencido de que tenía que ser bueno, y mi comisión por traerlo de la bodega era lo que cabía en la tapita. Nunca se le ocurrió convidármelo con agua o hielo, pues el y sus amigos polacos del bridge lo tomaban puro. No me gustaba, y lo canjeaba por el Vermouth que tomaba mi mamá.
En los años siguientes, cuando empecé a ir a fiestas, no había whisky. Con suerte, el dueño de casa nos llevaba a algún cuarto donde estaban los señores y nos invitaba un Capitán (vermouth con pisco), un chilcano o una cerveza. Cuando fuí a estudiar a Oregon, en los los EE.UU., por primera vez me encontré socialmente con el whisky. Desgraciadamente era el Bourbon “Four Roses”.
Nunca olvidaré una fiesta a la cual me llevó el señor Chocano, padre de mi compañero de colegio y universidad, en cuya casa me alojaba los fines de semana. Decidí demostrar mi excelente cabeza a los americanos con resultados catastróficos. Después de un período que no recuerdo, desperté en el asiento de atrás del auto. Estaba muriendo lejos de mi casa y me contaron que llamaba a mi madre. Al día siguiente no se mencionó el asunto. Han pasado más de 60 años y nunca se volvió a mencionar.
Cuando volví a Lima, descubrieron que sufría de baja presión y el médico –¡esos eran médicos!– me recetó una copa de whisky al levantarme. En esos años el whisky era para mi medicina, y en las reuniones por regla pedía Capitán, chilcano, pisco souer o algarrobina, cocteles que se servian entonces y algunos hasta hoy. Mi padre sólo tomaba whisky o buen pisco, excepto en las raras ocasiones en que había vodka polaco, y lo tomaba solo. Su comentario con respecto a los cocteles era: “Si un trago es malo no se debe tomar y si es bueno no se debe mezclar”.
No recuerdo en que momento aprendí a tomar whisky, pero de ahí en adelante lo preferí a los demás tragos. Todavía no podía con el Bourbon cuyo olor me traía a la memoria el asiento de atrás de un auto y la angustia del exilado muriendo lejos de casa. Eso fué hasta que un amigo americano me explicó que, a diferencia de los whiskies escoceses –que sin excepción tienen un alto nivel de calidad– hay Bourbons y Bourbons. Para demostrarlo, me invitó un Jack Daniels etiqueta negra, que no tenía nada en común con el execrable “Four Roses” de mi juventud en Oregon. Como no hay milagros, pronto descubrí que cuesta igual o más que un escocés de 8 años. Desde entonces ocasionalmente tomo bourbon.
Llevo más de 50 años tomando whisky. No puedo decir que soy un experto, pero distingo ciertos whiskys, sobre todo los de pura malta y he descubierto que el whisky tiene cualidades que van desde lo mundano –no da dolor de cabeza ni afecta al estómago– hasta lo estético y metafísico. Las botellas tienen un aspecto agradable, su color topacio es noble, se sirve en vasos adecuados a la mano y a la sed, El sonido del hielo es agradable al oído.
En el campo de la metafísica el Whisky es insuperable. Todos los licores lo hacen a uno sentirse inteligente, permiten ver las cosas claras y tener soluciones para todos los problemas. Las que produce el whisky son menos estúpidas y causan al día siguiente menos remordimiento que las producidas por otros licores. Como lo expresó aptamente un amigo: “el whisky te hace hablar menos estupideces”. Además, tras casi medio siglo, puedo decir honestamente que es rico.
Esto explica por qué el Whisky se toma en todas partes y es el producto cultural más importante de la Gran Bretaña. Aquí cabe una disquisición geopolítica. Gran Bretaña, al perder el imperio, estuvo a punto de convertirse en una potencia de segundo órden y el whisky Escocés la ha salvado. Pero Escocia ya tiene parlamento propio, y ésto es la mayor amenza que ha sufrido Gran Bretaña desde la Armada Invencible. Y con Escocia independiente solo quedaría el whisky irlandes (del norte).
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Lo felicito es un artículo muy divertido
Lo felicito, cronicas hepaticas es algo que se lee con mucha alegría
Es un deleite leer crónicas como estas y saber que los buenos tragos nunca son mala compañia, que sí lo son mas bien algunos de los mortales con los que tenemos que compartir este mundo.
Saludos,
Jorge