
A raíz de un artículo que escribí sobre perros, varias personas me han preguntado de donde me viene el interés por los animales. Es una historia antigua que creo vale la pena contar.
Cuando vine al mundo, en mi casa había un perro airedale-terrier llamado Tomás. Dada la fascinación –inexplicada e inexplicable– que mis padres tenían por ese nombre, me lo pusieron a mí y el airedale fue rebautizado Meks. No lo recuerdo, pues murió cuando yo tenía dos años. A ese perro lo siguieron otros. Un enorme leonberger de 80 kilos que yo montaba como un pony, luego un boxer. Cuando cumplí los 10 años en la casa había un mono (Martín) y luego un tigrillo e innumerables gatos. Después llegó Wilczek (“lobito” en polaco), un perro chusco que se convirtió en un personaje miraflorino, cargando paquetes para mi madre que –cuando no tenía paquetes– tenía que darle la cartera o los guantes para satisfacer su afán de protagonismo. Wilczek iba con mis padres al cine Leuro, hasta que un día lo botaron por tomar partido en una pelea entre Alan Ladd y William Bendix.
Mi madre hablaba con los animales. Esta facilidad –que sospecho le fue muy útil en su intermitente carrera de profesora– le venía de la infancia; pero sobre eso hablamos luego. Mientras tanto tuve una novia gringa que tenía pasión por lo exótico. A la casa fue a dar un tucán, un kinkaju y un caotí. Este último, con una expresión astuta que hacía recordar al general Odría, era simpático, juguetón y gran exterminador de aves, conejos y loros. Eventualmente partió la novia, que no hablaba con los animales ni entendía a mi madre, y volvieron los boxer.
Cuando me casé, uno de ellos –a raíz de una parálisis posterior transitoria– desarrolló el frente de un camión y tomó a su cargo a mi hijo mayor, a quien cargaba, remolcaba y cuidaba. Mi madre conversaba con todos estos animales y mi padre les enseñaba buenos modales (según mi madre una manera de reprimir su personalidad). La relación especial de mi madre con los animales se debía a que se había criado en una hacienda (chacra, según mi padre) de Ucrania (entonces la Galicia polaca).
Los proverbios ucranianos que Nikita Kruschev hizo famosos –y muchos otros– eran parte esencial del vocabulario de mi madre. Cuando la muchacha rompía algo en la cocina era “el oso cazando moscas”. Cuando yo proponía que me dieran una libra para comprarme un autito que había llegado a la casa Klinge, me respondía “te has caído de un toro”. El que andaba dando vueltas sin hacer nada era “una gallina decapitada” y un amigo con malos modales era “un jabalí”.
Cuando se le deseaba mal a alguien se decía “que lo patee un pato” (me imagino que en Ucrania a los únicos que patean los patos es a los muertos). Cuando mi madre tenía que explicar algún acto arriesgado e innecesario (como tratar de correr olas o enseñarle a nadar a la cocinera en La Herradura) decía crípticamente “una vez muere la cabra”. Para hacer los deberes, yo mostraba el mismo entusiasmo que “el perro para arar”.
El “cuervo blanco” era una “trafa” (como el “arenque rojo” de los ingleses). La agilidad de las empleadas evocaba una “mosca en la miel”. El mencionar posibles desastres traía la advertencia “no llames al lobo del bosque”, y un servicio bien intencionado con resultados desastrosos era “la ayuda del oso”. Las personas también tenían paralelos zoológicos. Las chicas sonsas eran “cabras” y las señoras tontas –independientemente de su aspecto físico– “vacas”. Curiosamente “caballo” era un hombre honesto y confiable. El que se quedaba pasmado ante una noticia se había “acorderado” y el que trataba de pasar inadvertido era un “pericote bajo la escoba”. Los negocios que le proponían a mi padre eran “gatos en costal” y las recepciones con una asistencia escasa eran las “del perro cojo”.
Las mujeres tontas y habladoras eran “gansos” y la gente del montón “gansos grises”. Por alguna razón “rana” no era peyorativo y las señoras exaltadas tenían una “avispa en el poto”. En una discusión surrealista –que nunca me perdonaré no haber apuntado– mi madre le demostró a la superiora del colegio de monjas donde enseñaba que todos los animales tienen alma.
Mi madre se doctoró en Química en Padua en la época del rey Pepino (en realidad era el Rey Víctor Manuel, cuya firma figura en su diploma). Según mi padre fue un desperdicio total, pues su vocación era la psicología animal o veterinaria. Murió a los 76 años de un paro cardiaco mientras dormía. Me tomó 23 horas llegar de Guatemala y mientras tanto tres amigas la velaban en su casa. Me cuentan que durante esa noche una preguntó qué pasaría con su perrita. La perra levantó la cabeza y prestó atención. Una de las amigas dijo: yo me quedo con ella, ya estuvo una vez en mi casa cuando Dosia (Dorotea, el nombre polaco de mi madre) fue de viaje”. La perra se paró y se echó a sus pies. Cuando la amiga se fue –olvidando lo que había dicho– la perra se levantó y la siguió. Se llamaba Alma.
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Gracias por el post, trajo a mi memoria muchas de mis casi olvidadas mascotas: Maya una Coker Spaniel que murío atropellada cuando yo tenía 5 años y que recibió ese nombre porque andaba de moda una pelicula indú con una figura del mismo nombre. Fido que murió envenenado por algún cruel salvaje. Recuerdo Carlitos, el gallito que se sentaba a jugar ajedrez conmigo y terminó en caldo cuando partí a Europa. Y Pamela, la pobre tortuga que a mi regreso encontré llena de hormigas que le arañaban el platano con lo cual aprendió a comer mas rápido. Mis gatos, mis dos unicos gatos, Bruno y Tango, el primero murió de viejo pero contento de no haber pasado sus mejores años en el asilo de donde lo recogí, el segundo vive pero con media oreja por pleitista y en fin, mas comàñeros de vida seguirán viniendo, de momento no, pero pronto, pronto …