Cigarrillos

cigarro

La guerra sin cuartel que la sociedad ha declarado a los fumadores nos ha unido. En otras crónicas he contado las humillaciones a que nos someten –como la jaula de vidrio en el aeropuerto de Portland– y la solidaridad que engendra. Hace poco tuve oportunidad de comprobarlo, al encontrarme con un colega en un evento público donde, claro está, no se podía fumar.

Con Álvaro bajamos al hall del hotel. Hace tiempo que he dejado de llevar la pipa a reuniones, por lo que –como toda víctima del vicio– transo por los cigarrillos. Mientras fumábamos ante la mirada despectiva de los que pasaban, miramos la oferta de cigarrillos en el puesto de revistas; amplia pero uniforme. Comenzamos a recapitular los cigarrillos de nuestros tiempos. Aunque es extranjero, Alvaro recordaba los mismos cigarrillos que yo.

En Los Portales de Arequipa existía una tienda de revistas que vendía cigarrillos similares a los que tenía la tabaquería de la Calle Esperanza de Miraflores, y admirábamos las mismas latas (metálicas, curvas) de Lucky Strike y Chesterfield de 50 cigarrillos, que vacías servían para guardar estampillas. Pero esos no eran los que fumábamos, sino los negros nacionales de tabaco flojo, que se acortaban al taquearlos, mientras hacíamos tiempo en la banca del Parque de Miraflores, antes de entrar al colegio.

En aquella época Larco era una calle angosta y nuestra banca quedaba donde desemboca la Calle Esperanza. Al frente teníamos la librería Minerva y el jardín de una casa donde vivían unas hermosas garzas blancas. Ahí se fumaba el cigarro mañanero previo al colegio. Por alguna razón, a pesar de costar más que los “Nacionales”, los “Inca” eran más populares. Venían en dos filas de a diez en una cajetilla chata, amarilla con azul,  de papel barato, que se despegaba en los bordes y costaba 45 centavos.

La de los “Nacionales”, de igual forma, teóricamente roja, era rosada por lo mal impresa, y estaba aún peor armada. Los “Inca Especiales” y “Nacional Presidente”, en cajetillas de 14 cigarrillos ovalados, eran de lujo. Las cajetillas de ovalados, de cartulina blanca, eran duras, los cigarrillos estaban bien hechos y eran más caros. Entre los ovalados y los rubios americanos estaban  los rubios nacionales “Country”, fotísimos, cuya cajetilla imitaba a la de los Chesterfield pero, en lugar de un castillo, tenía el Country Club de Lima.

Después venían los rubios americanos. Los Chester, Lucky y Camel eran los más populares, todos fuera de nuestro alcance, pues costaban S/. 1.40. El único cigarrillo con filtro era el Kool mentolado: luego apareció el Viceroy. Otros rubios eran los Philip Morris de cajetilla marrón, el Old Gold en cajetilla amarilla y el Pall Mall, extra largo, en cajetilla roja con un escudo heráldico.

Era raro que tuviéramos rubios, pero usábamos las cajetillas para guardar los cigarrillos negros, pues todos se vendían sueltos en los chinos. Para ir a una fiesta, se compraban unos cuantos rubios para impresionar. Pero el cigarro cotidiano era el fiel Inca que regaba tabaco, que había que sacar cuidadosamente del bolsillo para que no lo detectaran en casa.

Al acabar la guerra, aparecieron los cigarrillos europeos. Los primeros en llegar fueron los Ariston Muratti ovalados, en una elegantísima cajetilla de cartón que se abría como joyero, con platina y boquilla dorada. Los Abdulla, de tabaco turco, también ovalados, venían en una cajetilla blanca similar a la de Muratti, tenían dos soldados turcos a los lados de la parrafada en inglés, y una pequeña inscripción en árabe debajo. Los Craven “A” venían en cajetillas de a diez, y los Capstan en una lata redonda de a 25, con un cartoncito para extraer el primero cuando estaba llena.

No me explico cómo recuerdo con tanta claridad estos cigarrillos, cuando todos estaban fuera de mi alcance. Será que en alguna ocasión los compré, ante un ingreso inesperado. Un cigarrillo que nadie admiraba ni fumaba –a pesar de ser caro y extranjero– era el “Maravilla”, al que tenía libre acceso. Fabricados en Cuba por “La Competidora Gaditana”, los cigarrillos Maravilla, negros en papel de arroz, venían de a 24 en una cajetilla marrón. Mi padre los compraba para sacarles el tabaco y mezclarlo con la picadura de Tarapoto para su pipa. El que yo me quedara con unos cuantos no alteraba el efecto –según mi madre fulminante (espantaba a los gatos)– de la pipa de mi padre. Aunque eran gratis, nunca pude acostumbrarme a fumarlos.

Después de haber comparado con Álvaro nuestras memorias juveniles –sorprendentemente similares a pesar de provenir de distintas repúblicas– intercambiamos cigarrillos. “Toma uno de los míos”, “Bueno, gracias, en verdad me da lo mismo porque todos son igualitos… cigarrillos, los de nuestros tiempos”.

Esta entrada fue publicada en Cronicas y etiquetada en , . Agregue este enlace permanente a sus marcadores.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*

Usted puede utilizar las etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>