
Uno de los problemas de navegación de las aves son las tormentas, cuya posición evitan los aviones gracias a una red de información que incluye satélites de observación, centrales de procesamiento y estaciones de radio. Las aves no cuentan con esta infraestructura, pero tienen en el oído interno un órgano que les permite medir variaciones en la presión atmosférica de hasta un milésimo de “bar” (unidad de presión atmosférica). Este órgano equivale a un altímetro con una aproximación de 10 m. y a un barómetro meteorológico de alta precisión. Además de permitirles cruzar cordilleras en la oscuridad, el barómetro del oído avisa a las aves la proximidad de una tormenta.
APROXIMACIÓN Y VELOCÍMETRO
Para medir su velocidad relativa al suelo (que varía por la velocidad del aire sin que el velocímetro la registre) los aviones tienen un instrumento: el “Doppler”. Este envía una onda ultracorta y mide su variación de longitud en el rebote. Las aves no tienen radar ni Doppler electrónico, pero tienen la capacidad de registrar ondas subsónicas. Estas son ondas de muy baja frecuencia (menos de 20 ondas por segundo), demasiado largas para el oído humano, y son las que más lejos viajan.
También son las ondas que emiten las rompientes marinas y las montañas; es por ellas que el chorlito, que vuela de Alaska a Tahiti cruzando más de 4,000 kilómetros de mar abierto, encuentra la pequeña isla en medio del Pacífico. Además, las ondas de baja frecuencia varían notablemente, aún a las velocidades –unos 45 km. por hora– a las que vuela el gorrión. Esto le permite calcular su velocidad real con respecto al suelo, detectar la dirección de la masa de aire y si ésta lo acelera o lo frena.
EL SUPER MICROCHIP
Una gaviota ártica migra desde el norte de Alaska hasta la Antártida, el correlimos va del norte de Canadá al sur de Chile, y la cigüeña blanca va de Sudáfrica al norte de Europa. Todos ellos llegan sin titubear a su destino, que en algunos casos es la chimenea de una casa en una gran ciudad. Para llevar a cabo esta hazaña, además de todos los sistemas de navegación descritos, las aves tienen un olfato especializado y su vista registra imágenes precisas que los guían a su destino.
Nuestros aviones hacen algo similar, aunque requieren decenas de kilos de equipo, largas pistas, una infraestructura de comunicaciones en tierra y una flota de satélites en el cielo. Las aves concentran todo el equipo necesario en unos gramos, hazaña a la que no se aproxima ningún microchip. Todo el equipo de navegación, más el necesario para la aproximación y el aterrizaje final de un ave pesa unos gramos.
Si consideramos la eficiencia y precisión del sistema, aún con la tecnología más moderna se requeriría varios kilos de equipo, y otros tantos para suministrarle energía. Para ponerlo en el aire habría que tener un avión con combustible, además de satélites y radio, con cientos de personas operándolos 24 horas al día. Nuestra tecnología es admirable, pero aún está muy lejos de la de las aves.
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