100% de Rating (2)

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Debidamente instruido por Ricardo, yo tenía una camisa de color (en aquella época eran una rareza) y el reloj lo había puesto en el escritorio para chequear la hora. Ya no recuerdo lo que hablé ni las fotos que mostré, pero sí la película del Gran Prix de Europa de 1911. A los cuatro gatos que vieron el programa les gustó; al menos eso dijeron y algunos hasta lo escribieron. El concurso fue un éxito.

La semana siguiente habíamos sorteado entre las cartas con las respuestas correctas a los ganadores. Todos eran niños. Venían acompañados del papá, que era quien se llevaba la llantas, batería, etc. Pero cuando se le entregaba el premio, infaliblemente resultaba que el chico era el que había identificado el auto.

Como en aquella época todo era en vivo y en directo (y blanco y negro claro está) a nadie le llamaban la atención los accidentes. Recuerdo que un día al llegar a la casa, mi señora –que se soplaba todos los programas (teníamos menos de un año de casados)– me preguntó: “¿Qué te pasó que tenías esa expresión de terror cuando ibas a entregar el aceite?”. Tuve que explicarle que el encargado del “boom”, tratando de  evitar que hiciera sombra, había perdido momentáneamente el control de su artefacto. El aparato se me venía encima cuando el camarógrafo lo interceptó.

Ese tipo de cosa sucedía a cada rato…y otras peores. Una vez entregamos las latas de un aceite mencionando la marca de otro. Otra, un ganador nervioso se fue contra la cámara y ví en el monitor pasar el techo, las luces y luego una mancha negra. Había enfocado a los reflectores y casi muere el vidicón. Al cabo de unas cuantas semanas adquirimos la suficiente cancha como para no inmutarnos por accidentes menores, como que al lado se cayera un decorado o que la cámara se enredara en el cable.

Entre las muchas cosas pintorescas que pasaron, hay una que no olvidaré. Había una chica que hacía comerciales, a la que invitamos para que le “de vida” a la entrega de premios. Un día estaba entregando unas alfombras de jebe mientras yo decía “… es para echarla en la parte de atrás del auto, se extiende a lo largo del asiento posterior…”. Pero el camarógrafo en lugar de enfocar a la alfombra tenía en primer plano a la modelo. “…si tiene usted un sedán, mejor, porque es grande…”. Nunca sabré si lo hizo a propósito, o por distraído, pero esa entrega de premios fue un éxito.

Mientras yo hablaba, generalmente el camarógrafo y el del boom dejaban sus armatostes en posición. Un día cometí el error de hacer una bolita con el papel donde tenía mis apuntes y tirarlo fuera del escritorio. La bolita dio inicio a un partido de fútbol entre el personal auxiliar (incluidos camarógrafo y boom) que casi acaba con el programa. Cuando llegué a la casa me preguntaron “¿Qué estaba pasando que no dejabas de mover los ojos como loco?”. “Un partido de fútbol…” “¿Una película?” “No, en vivo y en directo, camarógrafos contra personal auxiliar…terminó cero a cero”.

El programa duró casi un año, hasta que alguien consiguió series americanas dobladas al cubano y decidimos de mutuo acuerdo acabar “La Hora de Automovilismo” ¡Una hora!. Hoy no puedo imaginar cómo pude haber hablado, mostrado fotos, pedazos de películas viejas y repartido premios durante una hora sin que me linchen. La explicación está en que no había parámetros de comparación…ni otro canal que ver. Pero hoy puedo decir, sin faltar a la verdad, que tuve un programa de TV con un “rating de 100%”, ¡en vivo y en directo!   ¿Cómo la viste, Quique?.

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