
En un “Motor Show” vi a Quique Pérez, con su camarógrafo, filmando. En su programa vi escenas, bien tomadas, que dieron una muy buena idea de lo que fue ese evento. No pude menos que compararlo con lo que fue, hace más de 50 años, el primer programa de autos de TV. Lo recuerdo nítidamente porque yo lo hacía.
La idea fue de Nicanor González (padre). Amigo y dueño con Antonio Umbert de Radio América. Nicanor (alias Neca-Neca) acababa de inaugurar el primer canal de televisión del Perú. En aquella época yo escribía la “Página Automovilística” de “La Prensa” y un día Nicanor me propuso hacer un programa en que se hablara de autos, mostrando películas –si las conseguíamos– y que incluyera un concurso. Naturalmente el programa sería en vivo y en directo, pues aún no había grabación de video y la filmación –carísima– estaba fuera de discusión.
Como director del programa fue designado Ricardo “Bubby” Palma, quien fue dueño de Radio Miraflores, quien entonces tenía unos 17 años. El “set”, consistiría en un escritorio, desde el cual yo mostraría fotos y comentaría las películas que Ricardo pasaría en la caseta y yo vería (como todos los televidentes) en un monitor. Como concurso se nos ocurrió “El carro Fantasma”. Consistía en mostrar una pequeña parte de un automóvil –una luz de retroceso, una manija, un pedazo de carrocería u otro detalle– que los televidentes debían reconocer. Como premio tendríamos llantas, baterías, lubricantes, accesorios, etc.
Como en aquel entonces el poder vendedor de la TV no estaba aún demostrado, había que convencer a los que vendían esos productos para que los regalaran a cambio de mostrarlos y decir quien y donde los vendía.
En un par de semanas de preparativos, durante las cuales Ricardo consiguió unas maravillosas películas de carreras de antes de la Primera Guerra Mundial, estábamos listos. El “rating” sería de 100 %, pues no había más que un canal, pero la teleaudiencia era muy reducida, ya que había pocos televisores. Entre los que tenían un receptor estaba mi suegra. Era un Andrea, con un mueble que parecía una rockola, al que había que ajustarle constantemente el control vertical cuando la imagen comenzaba a saltar frenéticamente.
Salimos al aire un miércoles ¿o era jueves? a las ocho de la noche. Sentado en el escritorio, miraba los comerciales esperando la señal de Ricardo de la caseta, que quedaba en alto tras una ventana. Los comerciales eran fascinantes, porque los hacían actores, en vivo y en directo. Eran mini-obras de teatro que nunca salían igual dos veces y estaban llenas de sorpresas. A veces se caían las cajas de detergente o las chicas se olvidaban del libreto.
Los micrófonos de alta sensibilidad no habían llegado aún, y el sonido requería de un “boom”: un largo brazo, sobre un pedestal de ruedas. Lo manejada un muchacho que debía colocar el micro de modo que captara el sonido sin hacer sombra. Esta era una tarea difícil, imposible si se mostraba algo a la cámara en un lugar inadecuado.
Los comerciales me entretuvieron tanto que me perdí mi debut por unos segundos. El camarógrafo tuvo que llamarme la atención. Recién cuando vi mi imagen en el monitor (con la raya del pelo al revés) me di cuenta que estaba en el aire. Con alivio noté que al moverme no dejaba manchas en la pantalla, cosa que les sucedía a todos los que usaban ropa blanca, o tenían algún objeto brillante. Esto se debía a que las cámaras de entonces (“vidicones”) tenían tubos de registro muy limitado. Lo que estaba un poco oscuro no se veía, pero lo luminoso “quemaba” la imagen dejando una mancha negra que duraba varios segundos.
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