
Hace más de 10 años viajé invitado por la FAP al Show Aéreo de Los Cerrillos. Primero hice un viaje en un Antonov A-37 hasta la base de La Joya, para ver los Mirage que, representando al Perú (y a Marcel Dassault, su fabricante) participarían en el evento.
Luego de ver los aviones, treparme a la cabina y al simulador –no, no llegué a volar en ninguno de ellos– fui a la FIDAE de Santiago de Chile, el “Le Bourget” de Sudamérica, Pasé cuatro días caminando entre los aviones, conversando con gente de aviación y recopilando papeles que, junto con los de otras ferias aéreas, forman el archivo de un aviador frustrado, que nació cuando la hélice era de madera y alcanzó el trasbordador espacial.
Los aviones que conocí en más de seis décadas muestran una evolución espectacular que cubrió varias generaciones de aviones en menos de lo que me tomó completar mis estudios. Para mi generación –la del automóvil– el avión, y luego el espacio, fueron paradigmas del progreso técnico; un sueño escurridizo y fascinante.
Mi primer encuentro directo con el avión fue a través de mi padre, un pionero que estuvo de pasajero en el primer vuelo comercial de la línea aérea polaca Lot. El me tenía al día sobre los progresos de la aviación, y me embarcó –junto con mi madre y el perro– en un Fokker trimotor para mi primer vuelo en 1935. Yo tenía cinco años. “Mira, tiene el fuselaje de aluminio, ya no es de tela”. El avión no tenía radio e iba siguiendo la línea del tren –de Varsovia a Lwów, hoy en Ucrania– a unos 150 km. por hora. Rapidísimo.
El siguiente vuelo fue en un Lockheed Electra del año 1936. “¡Mira, ala baja, hélices metálicas y tren de aterrizaje retráctil!” (el Fokker, con hélices de madera, tenía tren fijo). En esa ocasión viajé solo, Varsovia-Gdynia (en el Báltico), con tormenta eléctrica, lluvia y nubes negras. Los pasajeros iban muertos de susto, pero para mi no había motivo, porque mi padre me había explicado que el rayo pasa por la superficie del avión sin hacerle daño y que el Electra era la última palabra en materia de aviones.
En el Perú volví a volar. Primero en el Stinson de Faucett, monomotor forrado de tela con dope; luego en los DC-3. Una vez, gracias a un amigo de mi padre, fui a Las Palmas a ver los Camberra. La era del jet había llegado al terminar la guerra, pero sólo para los aviones militares. Los Camberra, bombarderos bimotores jet ingleses, eran la última chupada del mango. Era el principio de los años 50 y, ante mi asombro, cuando insinué que me gustaría subir en uno –luego de una breve consulta– me llevaron.
No lo podía creer. Iba echado en la nariz, en el puesto del bombardero, mirando a través del cono hecho del recién inventado lucite, un plástico que no distorsionaba la imagen, al menos no mucho. A la hora de aterrizar, la pista estaba a un metro de mi cara; pero mi padre me había dicho…Un par de años más tarde hice un viaje a Lima-Río en un DC-3 de la Fuerza Aérea Brasilera, vía Arequipa, Santa Cruz, Corumbá, Campo Grande, Baurú y Sao Paulo. Dos días de vuelo, con cambio de las bujías de un motor en el camino.
Mi día llegó en 1954, en Cañete, donde recién graduado me encargaron una obra para Alas Agrícolas, una empresa de fumigación. Luego de llevarme a fumigar en un Cessna monomotor biplaza, adaptado para la tarea –una experiencia inolvidable– me ofrecieron darme clases. En un Piper Club biplaza hice mi primer decolaje. Era un avioncito de tela que se podía volar con la puerta-ventana abierta, su motor no llegaba a 100 caballos y se arrancaba dando vuelta a la hélice con la mano.
Luego me hicieron volar en un Stearman, un biplano de tela, de cabina abierta, mismo Errol Flynn en La Escuadrilla de la Aurora. Colgado de un gran motor radial de 9 cilindros, y a diferencia del Piper que era una cometa, el Stearman –biplano de tubos y tela– era un avión “full acrobático” pero, debido al gran peso adelante, planeaba como un ladrillo. El asiento de lata estaba diseñado para paracaídas que reemplazábamos por cojines. Aún así, lo único que se veía al frente eran los dos cilindros del motor y por el costado el borde de la cabina abierta, encima del acelerador, que era una palanca al lado izquierdo. El instructor iba atrás y para ver el suelo había que inclinar el avión. Debido a que tenía un patín de cola loco, al aterrizar, si no se tenía cuidado con los pedales, movía la cola como un perro feliz.
No perdí oportunidad de subirme en cualquier avioneta que pasara por el campo de Alas Agrícolas. Desgraciadamente no eran muchas, sólo iban a Ica, Nasca y ocasionalmente a Lima. Ninguna tenía radio. Cuando volví a Lima averigüé sobre la posibilidad de seguir aprendiendo, pero como no tenía libreta, mis horas de vuelo se perdieron.
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Fui y soy piloto,tengo mas o menos 20.000 hs.en mis mas de 50 años volando,la mayoria en aeroaplicaciones aereas,trabajo agricola,me gustaria contacto para tener comunicacion con el autor de la nota.-Hace l0 años que deje de volar,tengo 80 años.-Saoy Argentino