Viajo Solo

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Esta es una carta escrita a mis hijos hace más de 20 años, tratando de explicar porqué no iba a hacer un viaje que me habían propuesto.

Como sabéis, yo casi siempre viajo solo y me gusta mi privacidad. Me encanta tomar decisiones repentinas y absurdas, hacer mis maletas y mandarme mudar de un sitio para ir a otro, donde tampoco tengo nada que hacer. Luego me encanta pasear por la calle sin rumbo fijo, comprar tonterías, ir a los museos y leer revistas en los puestos… pero sobre todo me gusta ir de noche a las estaciones de ferrocarril a ver gentes de todas partes yendo a todas partes, comprar periódicos de países intrascendentes (para leer los avisos económicos), comer un “frankfurter” a la una de la mañana, con un vaso de cerveza y conversar con camareras inglesas que han ido a Alemania por amor a un italiano…

Cuando viajo me gusta alojarme en hoteles chicos, antiguos de 4 estrellas, conversar con el Maitre sobre qué platos piden las gentes de diversos países y sobre como eran Frankfurt (o Valencia, o Lyon) cuando los visité por primera vez. Me gusta sentarme en las confiterías a ver pasar a la gente y escribir tarjetas a gentes a quienes nunca escribiría si no fuera porque sus direcciones están en la libretita. Me encanta leer el “Frankfurter Allgemeine” en la terraza del Mövenpick mientras tomo mi capuchino de café salvadoreño con galletas suizas.

Me fascina ir a la “Alte Pinakoteke” a ver al santo (nunca me acuerdo que santo es) de Zurbarán con su cara de loco y capucha de franciscano. Gozo como un cerdo en las tiendas de Solingen viendo miles de cuchillas, cortauñas, sacacorchos, corta-callos, tijeras para bigotes y otros artefactos que sólo un alemán podría inventar, fabricar y comprar.

Me gusta ir a los aeropuertos a revalidar mis pasajes y observar a los desorientados, cansados, apurados, aburridos, preocupados, dormidos, a los que viajan, a los que van a despedir, a los que van a recibir, a los que han viajado toda la noche, a los que viajan por primera vez. A todos se les reconoce y, con cierta experiencia, se puede adivinar su nacionalidad, ocupación, status familiar y a veces hasta su destino. Ahora les pregunto: ¿imaginan a alguien en el mundo que estaría dispuesto a viajar en estas condiciones sin estorbarme?

Si es que lo hay, debe ser un tipo anormal, indigno de la más mínima confianza. De todo esto podéis deducir que debo seguir viajando solo mientras mis fuerzas y tarjetas de crédito me lo permitan. Así que resulta obvio que estoy ante un dilema hamletiano: “Viajar o no viajar, esa es la cuestión..” Viajar tiene la ventaja de que uno tiene tiempo para escribir cartas, y además se entera de cosas importantísimas. Durante uno de mis viajes leí en el International Herald Tribune que había una huelga de aduanas en Accra (Ghana) y que unas monjas habían malversado donaciones de la Iglesia en Bangladesh.

Nunca volveré a ser el mismo tras haberme enterado de todo esto… pero hay más. En la TV de los hoteles puedo ver el noticiario de CNN, el mismo que veo en la casa, pero de otra perspectiva. Además está la TV europea –sobre todo la alemana– que tiene programas fascinantes, como por ejemplo una hora sobre la fabricación de harmónicas “Hohner”, o el ciclo migratorio del gusano de tierra de Baja Sajonia. Viajar culturiza.

Además puedo hablar por teléfono, porque hay unas tarjetas telefónicas que cuestan 50 Marcos y son fascinantes para usar. Metes la tarjeta en el teléfono y te dice: “tiene Ud. 50 Marcos, llame”. Uno marca y, apenas le contestan, comienza a disminuír lo que te queda en la tarjeta. Con lo cual puedes apreciar, literalmente, el valor de la palabra. Como este negocio lo maneja el correo alemán, es muchísimo más barato que hablar de los hoteles, así que –una vez armado con una tarjeta– uno llama a gentes que normalmente no llamaría. Sin embargo yo he tenido que superar un trauma con la tarjeta; os cuento.

Un día, saliendo del Deutches Museum en Munich, vi un teléfono “tarjetero” y no pude resistir la tentación. Miré el reloj y vi que en Lima era una hora a la cual vuestra madre estaría en casa. Llamé. En ese momento me enteré que habían regalado a mi perra, la “Gorda”, sucesora de Suka. Cuando saqué la tarjeta del teléfono, vi claramente en ella la cara de un boxer triste que me miraba implorando. En ese momento boté la tarjeta –sin saber cuantos marcos me quedaban– y decidí no hablar nunca más por teléfono. La próxima tarjeta que me compré la usé sólo para oír. Hasta ahora, cada vez que saco la tarjeta del teléfono, por un breve instante veo la cara del boxer. Espero que esta vez no se repetirá el fenómeno. Otra cosa que podría hacer en Alemania, si viajara solo, es pasear en tren. Ahora hay un tren desde el que puedes hablar por teléfono (you guessed it… usando la tarjeta!).

Además se puede estar horas mirando por la ventana y ver pasar pequeños pueblos que nunca volverás a ver en tu vida, y si los volvieras a ver no los reconocerías y, aún si los reconocieras, no tendría ninguna importancia. El mundo está absolutamente lleno de pueblos sin importancia, habitados por gentes sin importancia, que a su vez son observadas desde trenes por miles de otras gentes sin importancia. Así unos ven a otros y se preguntan, retóricamente, claro está: ¿”Quienes serán estos infelices que viven en este pueblo olvidado de Dios, en casas de ladrillos rojos con chimeneas que echan humo, árboles a los que se les caen las hojas y postes que alumbran con luz de sodio?”.

Mientras tanto en la ventana de una casa de ladrillo rojo cuya chimenea echa humo, alumbrado por la luz de sodio, un tipo mira los trenes y se pregunta, retóricamente, claro está: “¿Quienes serán estos infelices, sentados en esos vagones verdes mirando por la ventana como unos estúpidos… que asuntos perseguirán en sus grises vidas que los llevan a viajar a través de pueblos olvidados de Dios?”

Luego de ese especial placer agridulce de viajar a través de sitios que no pueden importarte menos, y comprobar que la mayor parte de la humanidad es prescindible, está el placer de llegar a una gran estación anónima con puestos de revistas, restaurantes abiertos toda la noche, movimiento de gentes, y saber que a pocos minutos de taxi estarás en tu hotel, en el bar que conoces, tomando un Whisky con algún amigo o simplemente gozando del hecho de no conocer a nadie en 50 km. a la redonda.

Como podéis ver, mi tipo de turismo es muy especial, lo que los cultos llaman “Sui generis”. Sin embargo me divierto como un chancho, por lo que creo que haré el viaje… pero en otra oportunidad. Mientras tanto el Señor sea con Vosotros, y recordad que –entre otras cosas—el Señor dijo en el Sermón del Huerto del Maní:”Bienaventurados los que escriben a los viejos, porque verán a su madre”. Si, ya sé, me estoy poniendo viejo… pero como dice vuestra sabia madre “la alternativa es peor”. S.E.U.O.

TOMÁS

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3 respuestas para Viajo Solo

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  2. Luis dice:

    También me gusta viajar solo. Tal vez porque un viaje siempre me despierta ideas nuevas y al estar solo es más fácil seguir los impulsos porque no hay que evaluar los efectos en el entorno o en quienes estén conmigo. Creo que eso se puede llamar libertad o vacaciones de uno mismo.

  3. SiO2lungs dice:

    me encantaron los párrafos en donde te refieres a ‘los infelices’ jaja. Por otro lado me sorprendió tu fé religiosa.
    saludos!

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