
Desde chico recuerdo que siempre nos decían que “seamos prudentes”. En la casa, en el colegio, cuando íbamos a montar bicicleta, cuando íbamos de paseo o simplemente cuando anunciábamos cualquier proyecto, como podría ser ir a Higuereta a traer uvas, nos recomendaban Prudencia.
Como yo nunca fui un aventado, y siempre le tuve miedo a una gran variedad de cosas, nunca consideré que la recomendación era conmigo. Siempre entendí la prudencia como un saludable miedo del que ya tenía amplias reservas. Pero a medida que pasaron los años me comencé a dar cuenta de que la recomendación que nos hacían mamás, curas, tías y a veces hasta los papas, tenían un campo mucho más amplio. No sólo se trataba de no arriesgar el pellejo montando bici por el muro del malecón o robando uvas.
Uno generalmente no necesita prudencia donde no se siente fuerte. La prudencia es esa extraña virtud que nos hace (o debería hacernos) cuestionar nuestras habilidades, sobre todo cuando son reconocidas por otros. En mi caso particular, en el colegio adolecía de ese defecto detestable (que a cierta edad consideramos gran cualidad) de ser liso y alevoso. Me consideraba ingenioso y dueño de la verdad. Y así como era prudente cuando se trataba de meterse en el mar bravo (más aún después de que una vez casi me ahogo), no mostraba la menor prudencia contestando y haciendo chistes a costa de terceros. Me pasé incontables horas castigado, y adquirí una muy buena caligrafía copiando castigos kilométricos.
Por mucho tiempo, lejos de asociar mis castigos a la imprudencia, y convencido de ser una víctima especial de la incomprensión, admiré a mis amigos menos prudentes. Al estudiar la historia me pareció que entre los personajes de mayor figuración no había uno solo que haya dado muestras de prudencia. Durante largas horas que me pasé manejando mi carpeta (era un Spitfire que yo piloteaba mientras el cura trataba de enseñarnos), pensaba en lo que maravillosa sería la vía si yo fuera lo suficientemente imprudente para acercarme un día en el parque para declararme a … (siempre me gustaron las flacas). Pero seguía siendo imprudente y me encontraba parado en el patio del colegio, cumpliendo mi castigo, a la hora en que la flaquita llegaba del colegio.
A medida que pasaron los años me he ido dando cuenta que la prudencia es muy sutil, y que siempre creemos tenerla en exceso. Nos lamentamos por carecer de coraje para hacer algunas cosas y lo justificamos aduciendo que somos prudentes. Donde nos sentimos seguros, con frecuencia no medimos las consecuencias, y los resultados funestos los achacamos generalmente a una combinación de mala suerte con incomprensión, indiferencia o falta de inteligencia de otros.
A diferencia de ser precavido (sacar los muebles del camino en caso de un temblor de noche), o de ser cauto (averiguar si hay un pariente presente antes de rajar de alguien), ser prudente es más que una virtud, un arte: el de cuestionar nuestra infalibilidad, evaluarla y proceder con un riesgo calculado. Pero sobre todo reconocer que hay riesgo…
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