
No hay que confundir la fortaleza física con la moral, aunque tengan rasgos paralelos, son cosas distintas. Si bien es admirable un tipo que puede correr 45 kilómetros, o levantar cientos de kilos, nadar ocho piscinas en mariposa o saltar más de dos metros, más admirable aún es el que tiene fortaleza moral.
Así como hay gente que nace con ciertas condiciones físicas excepcionales para los deportes, hay otros que nacen predispuestos para ser atletas morales. Al igual que a ciertos chicos se les nota desde primaria que están destinados a jugar por la selección del colegio y a representarlo en atletismo, hay otros que se perfilan como fuertes de voluntad. Siempre he admirado a ambos, pero más a los segundos.
Por alguna razón he creído, y sigo creyendo, que con entrenamiento, disciplina, y una disponibilidad adecuada de tiempo, se puede alcanzar una fortaleza física respetable. No creo que cualquiera puede ser un campeón, ni destacar en competencias, pero puede adquirir un buen estado físico. Lo otro es mucho, pero mucho más difícil. El tipo que comienza a hacer flexiones y correr todos los días al cabo de un par de meses hace veinte o cuarenta flexiones y recorre diez cuadras a paso ligero sin siquiera agitarse. Pero en cambio el infeliz que se ejercite en fortaleza moral…
La primera semana que uno se ha propuesto, por ejemplo, seguir una dieta, uno la sobrevive bastante bien. Pero a medida que pasa el tiempo se comienza a soñar con tallarines, visiones de voluptuosas salsas y frijoles con tocino lo persiguen a uno. Las resistencias se ven minando, los argumentos se debilitan, el genio empeora, y los nervios comienzan a fallar.
A diferencia del atleta que entrena, sin sentirlo, el que está tratando de dejar de fumar, con un trago en una mano, parado en un cocktail, tiene que hacer esfuerzos sobrehumanos para resistir el cigarro que le ponen por delante. Hay ejemplos aún más dramáticos, sobre todo en lo que refiere a los que son tentados por el bello sexo.
La fortaleza moral, al igual que la física, impresiona y se puede lucir. A mi personalmente me impresiona más un sujeto que, después de haber fumado años, rechaza un cigarro, o el que come lechugas cuando hay costilla de chancho con tacu-tacu, que uno que pone 11 segundos en 100 metros. Ni hablar del que, en Buenos Aires, contesta: “No, mejor no, a mi mujer en Lima no le gustaría…”.
Nunca me he caracterizado por ser un hombre de fortaleza; tal vez por eso la admiro tanto. Voluntad nunca me ha faltado, y raro es el día en que no me levanto decidido a llevar a cabo un noble propósito, dejar de fumar, iniciar la dieta, poner mis papeles en orden, etcétera.. Luego, en la noche, después de comer en la calle, mientras tomo mi trago y fumo mi pipa pienso en que el elogio más grande de la Fortaleza lo hizo Oscar Wilde, cuando dijo: “Resisto todo, menos la tentación…”.
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