
Ante la propuesta de mis hijos para que mi señora vaya a visitarlos, recordé la última vez en que fue a visitar nietos al extranjero, experiencia cuyas complicaciones había olvidado. En aquella ocasión la soltería me sirvió para descubrir varios aspectos de la vida cotidiana que con las autoridades en casa pasan inadvertidos y escribí esta crónica.
Primero están los papelitos. Cada cierto tiempo aparecen detrás de la reja en el suelo, generalmente tras un timbrazo y los furiosos ladridos del perro. Son papelitos llenos de cifras cabalísticas de las cuales, he descubierto, la más importante es la fecha de vencimiento. Agua, luz, teléfono y otras cosas requieren pagos, que alguien tiene que hacer dentro de fechas determinadas. Después está la comida, que se acaba. Nunca había pensado en que después de un tiempo las cosas se acaban. No importa si son sólidas o líquidas, si vienen en paquetes enormes o pequeñitos, en latas o envueltas en papel. Tarde o temprano todas se acaban y, si uno quiere que en la casa sigan comiendo, hay que reponerlas.
Unas cosas se acaban, en cambio otras se amontonan. La ropa que solía desaparecer y volver de la tintorería limpia y planchada, se amontona. Se amontonan papeles. Avisos, partes e invitaciones requieren de la decisión del Estado Mayor para ver si son atendidos o pasan a la basura. Algunos requieren una acción más compleja: compra de regalos, flores, qué se yo. Por ahora, ahí están y allí seguirán.
Después están las gestiones. Al santo de fulano hay que llevar una botella de whisky que, para convertirse en un regalo, debe ser envuelta. Lo cual requiere, además del papel y cinta, la habilidad de envolver botellas. No lo consideré importante, hasta que fui duramente recriminado por mi ineptitud (calificada como una falta de educación). Todos los días hay que tomar decisiones que van desde a qué botica se pide las pastillas hasta si se deben tomar. Porque, como todos saben, hay pastillas que se deben comprar para sentirse mejor, pero no es necesario tomarlas. En cambio hay otras que se deben tomar para no enfermarse.
Pero hay compensaciones. Por lo pronto he heredado temporalmente el abono de la Sociedad Filarmónica, justo cuando tocaba un concierto de bronces. Mis instrumentos favoritos, no sólo para oír, sino también para mirar. Ese martes en el Santa Ursula tocó el quinteto “Magnífica” (no, no es “Magníficat”, como correspondería a su sonido). Dos trompetas, un corno –la trompeta redonda en la cual el que toca mete la mano para que no suene demasiado– un trombón y la tuba (la grandaza), que debe pesar harto, porque el que la toca es el único que lo hace sentado.
Por casi hora y media me olvidé de los recibos, el papel de envolver, las compras y la tintorería. Un lindo concierto en que tocaron desde Hendel hasta pedazos de “West Side Story”. No faltó la típica pieza barroca, con castillos, brillantes uniformes y caballos engalanados pasando entre largas trompetas, y filas de banderas con escudos coloridos. También tocaron la música de la inolvidable película “La Strada” de Fellini. Cuando vuelva Mrs. Thatcher, además de evitarme las abrumadoras decisiones cotidianas, voy a comprar un abono para la Filarmónica.
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