El Urbanito

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Hace unos días me invitaron a una discusión sobre transporte público. Después de oír hablar de la congestión y las quejas de los usuarios, llegué a la conclusión de que usar el trasporte público en Lima es una experiencia, por decir lo menos, desagradable. De regreso a mi casa traté de recordar como era hace 50 años, cuando yo era un colegial de pantalón corto. Entonces era agradable viajar en bus o tranvía, y en especial en el primer “micro” de Lima: el “Urbanito” de Miraflores. Lo que recuerdo ilustra el costo de haber pasado a ser una gran ciudad… o, más bien, una ciudad grande.

El “Urbanito” era operado por la Compañía de Tranvías. Con carrocería de madera de veinticinco asientos, sobre chasis de camión, el llamado “Ómnibus Urbano de Miraflores” no tenía paraderos y se avisaba al chofer (con timbre) en la esquina que se quería bajar. Su función era abastecer de pasajeros al tranvía, y el pasaje costaba 10 centavos (un real). Los chicos pagábamos la mitad (medio), y por quince centavos se podía comprar una ida y vuelta a Lima en tranvía, más cuatro viajes urbanos (dos en el tranvía chico de Lima y dos en Miraflores).

El recorrido era largo, tortuoso y lento. Muchos de los pasajeros compartían el horario, de modo que si no se conocían por ser vecinos, se conocían del urbanito. El chofer-conductor sabía donde se bajaban, y paraba sin necesidad de que se lo pidieran. Algunas personas de gran influencia, como Albina, la cocinera del doctor Avendaño, eran recogidas y dejadas en la puerta de su casa.

El que subía al urbanito sin saludar a nadie era generalmente un “extranjero”, tal vez de la otra línea. Había dos líneas, “1″ y “2″. La “1″ era la de mis barrios que recorría el lado sur de la quebrada de los baños. La otra iba por la Avenida Pardo y el malecón Balta. Las ventanas del urbanito se subían a mano, levantándolas encima del marco que, doblado, les servía de base. En invierno, con las ventanas cerradas, el ruido era imponente. Si hubieran existido los baches de hoy, las ventanas –y probablemente todo el urbanito– se hubieran desarmado.

Como en la época del colegio se andaba casi siempre a pie, cuando uno gastaba su medio lo aprovechaba bien. Así, a pesar que “de bajada” el urbano pasaba a tres cuadras de la casa, nos dábamos toda la vuelta al malecón para sacarle el jugo al viaje y bajar en la “esquina de la casa”. Recuerdo un día en que el chofer, que me conocía, se extrañó de que no bajara. Al llegar al punto de partida me preguntó si me había pasado. Le expliqué que sólo había subido para pasear. Recogió mi boleto y me devolvió mi medio.

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3 respuestas para El Urbanito

  1. César P. dice:

    Don Tomás:

    Sólo queda tener nostalgia y sana envidia por esa Lima que no conocí.

    Cordiales saludos,

  2. Julián dice:

    Interesante artículo y anécdota. Yo he vivido en Tokyo, y a pesar de ser una megaurbe con 12 millones de habitantes, su sistema de transporte, que incluyen buses, trenes y subterráneos, es muy eficiente. Hay orden, limpieza, puntualidad y señalización por doquier.
    Un abrazo.

  3. F. Calvo dice:

    Amigo. Gracias, muchas gracias por los gratos recuerdos de mi adolecencia. Apesar de la pobresa en esos dias. Hoy, es muy lindo recordar tiempos que supimos valorar y que nos dieron caracter para sobrevivir.

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