
En el hotel de Fortaleza en Brasil, pedí un cenicero extra. Era de loza hotelera, con un bonito escudo del hotel, de un tamaño y forma que me pareció excelente, por lo que pedí en la recepción que me lo vendieran. A la hora de irme, me dijeron que lo habían puesto en la cuenta. Pero ésta era una invitación, por lo que tuve que hacerlo sacar; una complicación que no le hizo gracia a los del hotel, y que me obligó a esperar y luego a pagar una suma desproporcionada por el bendito cenicero.
Muchos se preguntarán por qué buscarse todas esas complicaciones, y por último, ¿quién necesita un cenicero más? Es cierto. Pero, creyendo que el cenicero iba a ser muy barato, ya lo había empacado, y no quería de ninguna manera que figurara en mi cuenta, porque daría lugar a que crean que me lo había robado. Y es que tengo un trauma con los ceniceros, saleros y otros artículos sueltos que pueden servir de souvenirs.
La historia sucedió hace unos 30 años, en un avión de lo que hoy es British Airways y entonces era BOAC. Volvía de Londres, y me habían puesto en primera, donde sirven –o al menos servían– con platos, aros de servilleta y ceniceros de porcelana y saleros y pimenteros de cristal. Todos eran finos y elegantes y llevaban un logo de la compañía. Le pregunté al purser si podía llevarme de souvenir un aro de servilleta para mi hijo mayor, al que le encantaban esas cosas.
El purser, que era –como dicen los brasileros “masculino mais no fanático”– se interesó tremendamente en mis hijos. “¿Puedo preguntarle cuántos hijos tiene?”. “Cuatro”. “¡Qué encantador! ¿Cuántos varoncitos y cuántas niñas?”. “Tres muchachos y una niña”. “¡Ay, que amoroso!”. Era una madre. Me sirvió mi whisky y me olvidé del asunto.
Poco antes de llegar a Lima, cuando me trajo los formularios que se llenan para inmigración, me preguntó: “¿Me permite mandarles un pequeño souvenir a sus niños?”. “Cómo no, muy agradecido”. Me entregó un precioso paquete, en papel de regalo con cinta, que tenía en la mano tras la espalda. Como no me gusta pasar por la aduana con paquetes cuyo contenido desconozco, lo abrí y me encontré con cuatro aros de servilleta, cuatro saleros y cuatro pimenteros, más un par de ceniceros. Todos eran de porcelana y cristal, del mismo juego con el cual nos habían servido durante el vuelo.
Los desempaqué, y acomodé en mi maletín de mano, debidamente separados y acuñados con la chompa que siempre llevo. Me dediqué a mirar las nubes que normalmente cubren nuestra costa, y a pensar en qué sorpresas me esperarían al llegar. En esa época no había tarjetas telefónicas y las llamadas desde Europa eran un lujo que no me podía permitir.
En el aeropuerto, tras recoger mi maleta, llegué al mostrador de la antigua aduana, donde había un vista que me conocía. “Hola ingeniero ¿cómo le fue? ¿qué trae usted?”. Mientras abría mi maletín y comenzada a abrir mi maleta, le contesté: “Lo de siempre, o sea nada de valor; revistas, papeles, tabaco y unos regalitos”. Mientras decía esto le mostraba mi maletín abierto. En ese momento me dí cuenta de que mi amigo y su compañero se miraban al ver la porcelana del avión.
Pude ver en sus caras lo que pensaban sobre los miraflorinos que se pasean por Europa y, no contentos con poder viajar, se tiran las cosas de los aviones… y no contentos con tirarse las cosas, se las tiran por cuadruplicado. Ya no cabía ninguna explicación, pues solamente agravaría las cosas. El otro vista sonrió, me cerró la maleta y me comentó: “Veo que ha sido un buen viaje ingeniero, siga no más”.
Desde entonces, sólamente compro cosas en el avión que mantengo cuidadosamente empaquetadas y envueltas con la factura. Lo único que pido de souvenir son naipes –cada vez menos líneas los tienen– que vienen en cajitas y además van guardados con los documentos. Nadie los ve.
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Jajaja.
Que distinto era todo antes, no he viajado en 1ra pero ahora con las justas uno puede llevarse las revistas. Tiempos aquellos!
Saludos,
Increible! ni hablar que te den algo mas que los snacks y lasbebidas en el avion. Ni saleros, ni aritos de servilleta, jamas en estas epocas. Es mas! Detesto cuando los de DELTA te quieren vender los audifonos para escuchar la pelicula del avion, me parece de TERROR En fin…, coincido …Tiempos aquellos!
Muy buena Don Tomás, muy buena. JAJAJA!