
Hace unos días vi “El Motín del Caine” en TV. Una excelente película de los años ’60, sobre un capitán paranoico (Humphrey Bogart) que es relevado por el primer oficial durante una tormenta. La tormenta está muy bien hecha –como tantas otras del cine–, sin embargo no es convincente. A diferencia de los dramas humanos, sentimientos, dolor, etc., que el cine transmite bien cuando cuenta con actores competentes, el mar no pasa por la pantalla; ni siquiera por la del cine más grande. Me refiero al mar bravo. Nunca he estado en un tifón como el del “Caine”, pero he estado en mar gruesa. Mi experiencia es que la braveza del mar, más que se ve, se siente.
Son sonidos, movimientos, vibraciones y –de vez en cuando– vistas. La experiencia que recuerdo mejor la viví a los 17 años. Había logrado que me aceptaran como tripulante en un carguero de 10 mil toneladas, el John Bakke, para trabajar mi pasaje hasta Portland, Oregon, donde me había matriculado en la universidad. Habíamos salido del Callao rumbo a San Francisco y llevábamos una semana navegando. Los marineros estaban rascando la cubierta, tan caliente que usaban sandalias con zuela de madera. La faena terminaba a las cinco, pero antes de esa hora la pararon porque había mucho balance. El grupo de cubierta pasó a limpiar y retocar pasadizos interiores.
El John Bakke, como todos los barcos noruegos que conozco, era un anís y todo el tiempo lo andaban limpiando, rasqueteando y pintando. Era un barco moderno para la época, con dos motores diesel, seis bodegas (dos refrigeradas) y una linda silueta.
A las cinco, cuando nos sentamos en cubierta sobre las escotillas cerradas, cubiertas con lona encerada, notamos que el barco cambiaba un poco de rumbo para enfrentar el mar. El balance se convirtió en un cabeceo más franco. Un gran tumbo nos subía y bajaba rítmicamente y, cuando pasaba al lado de nuestra escotilla, el agua llegaba casi hasta la cubierta. Cuando llegaba a popa, un temblor, como un escalofrío, corría por el barco. Eran las hélices que habían salido del agua, los motores se aceleraban y el casco temblaba. Luego volvían al agua y cesaba la vibración.
El sol a la izquierda, en un cielo limpio, hacía brillar el mar, pero encima y adelante había nubes negras. Con mi amigo –el camarero americano, un año mayor que yo, el más joven de la tripulación– decidimos ir a proa para ver mejor las olas. Era como subir y bajar colinas. Cuando la proa subía, escalábamos, luego caminábamos, y después corríamos en la bajada, para trepar de nuevo cuando volvía a subir. Trepamos a la proa. Delante del cabrestante –el winche del ancla– hay una plataforma metálica triangular. Allí se para el que dirige la maniobra para atracar al muelle y hay un palo que, en puerto, lleva la bandera de la compañía.
Una ola rompió sobre la proa. Nos sentamos en ese rincón, bajo el triángulo de metal, de donde veíamos pasar el agua por encima y luego la ola que seguía a ambos lados del casco. Para entonces el tumbo había adquirido una cresta blanca y llegaba a la cubierta, que estaba mojada. Había oscurecido, aunque faltaban varias horas para la puesta del sol, que ya no se veía. Nuestro puesto de observación, la punta de un gran sube y baja, tenía una vista panorámica hacia la popa. La vista se volvía alarmante.
Ya no era una ducha de espuma lo que pasaba encima de nosotros, sino una cortina de agua, después de un golpe y un gemido del casco. Frente a nosotros, a unos veinte metros, estaba el puente del que nos separaba abajo la cubierta con dos escotillas y entre ellas los palos con las plumas de los winches, que golpeaban cada vez que el barco cambiaba de inclinación. El agua corría por la cubierta, ida y vuelta, con el cabeceo. Desde el puente nos enfocó un reflector y comenzó un mensaje en morse, que no entendíamos, pero sospechamos que era para nosotros.
Al poco tiempo bajó alguien del puente, con un abrigo encerado amarillo con capucha y –bien agarrado de la escalera– nos hizo señas para que bajáramos. Esperamos a que la proa llegara a su punto más bajo, que pasara el agua, y echamos a correr. Bajamos resbalando las manos por la baranda de la escala y corrimos por la cubierta, delante de la siguiente ola. Cuando llegamos a la escalera del puente oímos el repertorio completo de los insultos noruegos.
Empapados y medio muertos de susto entramos al pasadizo interior, donde nuestro interlocutor –un oficial– nos siguió insultando, ahora en inglés, mientras se quitaba el encerado. Su vocabulario era limitado pero lo compensaba con el tono. Nunca imaginé las entonaciones que se le puede dar a “You two stupid son of a #$@!”. El noruego no dominaba el plural, por lo que el singular era para ambos.
Como tripulante ocasional, yo dormía en el camarote hospital, que también era cuarto de banderas y quedaba en cubierta. Esa noche me olvidé de cerrar el ojo de buey y en la mañana amanecí con una piscina en el piso… pero esa es otra historia. Definitivamente, el mar bravo no se parece en nada al de las películas.
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Don Tomas, debe recordar muy bien aquel film con George Clooney “A Perfect Storm” y las peripecies de esos valientes pescadores en busca del cardumen perfecto. Es posible que una combinacion meteorologica como la que se apreciaba en el film se de en la vida real? Esos encuentros entre masas gigantescas de aire frio y caliente pueden llegar a ocasionar algo asi?
Desde ya muchas gracias por su articulo
Augusto:
Hasta donde sé, se dan estas super tormentas y generalmente las victimas son embarcaciones pequeñas que no tienen la infraestructura para aprovechar los servicios meteorológicos. Los grandes barcos reciben advertencias para evitarlas. Desde que la NOAA National Oceanic and Atmospheric Administration ha puesto satélites de observación y se ha formado la red mundial meteorológica, se conocen los puntos donde se producen estas grandes tormentas.
Saludos