
Mi experiencia con el mar bravo, que conté la semana pasada, no acaba con la requintada en dos idiomas recibida del oficial noruego. Sano y salvo, aunque empapado y asustado, pasé a mi camarote (además de hospital y cuarto de banderas) a ponerme ropa seca para ir a comer. El comedor quedaba a un lado del pasadizo y en él se turnaban los oficiales y el personal de cocina, de acuerdo a las guardias. Yo lo compartía por razones prácticas, pues mi camarote quedaba al lado. Cuando entré al comedor, el barco seguía cabeceando fuerte y en la mesa habían puesto una rejilla de madera para que no se cayeran los platos con el balance. La puerta estaba enganchada, como todas, para que no golpeara
En el centro de la mesa había una gran sopera con un poco de sopa al fondo. Había que servirse poquito, para que no se derramara. Los platos corrían de proa a popa y de regreso dentro de los marcos. Cada cambio de dirección era una serie de “clacs” y “clics”. El gancho de las puertas siempre tiene suficiente juego para sonar con el cambio de dirección. Las ollas de la cocina, los utensilios y vasos en las repisas de los baños, las cajas en los roperos… todo lo que se podía mover se movía. Clic, clic, clic, clic, luego una pausa y clac, clac, clac, clac, acompañados de los quejidos de la estructura y del escalofrío que recorría el barco cada vez que las hélices quedaban al aire.
Durante la comida, uno de los oficiales contó en noruego algo referente a lo estúpidos que éramos el gringo y yo por habernos metido en la proa con la mar gruesa. Al menos eso supongo, porque hubo un momento de silencio en que todos nos miraron con desprecio. Terminada la comida fui a mi camarote, pues no había a donde ir. La cubierta tenía un charco de agua que se paseaba ida y vuelta. La parte que salía por los trancañiles de vuelta al mar, era renovada por la ola que rompía sobre la borda.
Felizmente las literas de mi camarote apuntaban de proa a popa, y no tendría problema para dormir. Los que dormían en las literas orientadas de estribor a babor –perpendiculares al balance– tenían que acuñarse para no rodar. Hacía calor en el camarote, pero no podía abrir la puerta porque se metería el mar, y abrí el ojo de buey; una ventana circular de bronce con una gran bisagra a un lado y una especie de manija que encaja en una “u” y oprime la ventana contra su marco. Por tener la bisagra dura, la claraboya abierta no golpea con el balance.
Arrullado por el clic-clac de los utensilios en la repisa y las cajas de medicinas del closet-botiquín, me quedé dormido. A la mañana siguiente me despertó un extraño ruido. El balance había cesado, el piso de mi camarote sonaba como una batea y era una piscina. En la noche el mar se había metido por la claraboya y había llegado a los cajones debajo de mi litera, hasta el zócalo de la puerta. Los cajones no tenían tiradores sino un hueco por donde se metía la mano, por donde había entrado el agua.
Los siguientes dos días los pasé en el techo de la sala de máquinas extendiendo las banderas –luego de lavarlas con agua dulce– sobre el cubichete, el piso y las cachimbas (ventiladores en forma de pipa). Nunca pensé que un barco tendría tantas banderas. Además del alfabeto y las que indican fumigación, explosivos, médico, práctico, etc., estaban las de países donde el barco nunca había ido y probablemente nunca iría. La mayoría estaban nuevecitas, al menos hasta el momento del baño de agua salada. Ahora ocupaban cualquier lugar libre donde pudiera darles el sol.
Ese día aprendí que, además de llevar una cantidad –en mi opinión totalmente excesiva– de banderas, el barco es un imán para las gaviotas. Navegábamos hacia el norte, frente a baja California, en pleno Océano Pacífico, sin tierra a la vista, pero encima del barco había gaviotas que, a la misma velocidad del barco, se mantenían estacionarias encima de mis banderas con el único propósito de cagarlas, cosa que hacían permanentemente. No las había notado antes, pero ahora su presencia era casi permanente. De vez en cuando frenaban y se perdían atrás, para reaparecer encima mío.
En un barco no hay piedras ni nada que se le pueda tirar a una gaviota. Estaba indefenso, pocos metros debajo, mientras se reían y cagaban: las gaviotas pueden hacer ambas cosas simultáneamente. Tuve que subir un balde para lavar lo que me dejaban las gaviotas, y me tomó dos días secar las banderas. Debidamente dobladas regresaron a los cajones debajo de mi litera, con lo que pude volver a mis tareas, entre las que estaba el sacar la carne congelada de la bodega-refrigeradora y tratar de cortarla, de acuerdo a las instrucciones del cocinero, cosa que nunca logré hacer.
En pocos días llegamos a San Francisco, donde decidí desembarcar y hacer el resto del viaje a Oregon en bus. Después de todo, trabajando mi pasaje, me había ahorrado US$ 220. Agradecí al capitán, cargué mi bolsa y pisé por primera vez suelo norteamericano. Ha pasado más de medio siglo, pero hasta hoy no puedo mirar a las gaviotas con simpatía.
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