De Perros y Niños

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Cada vez me convenzo más de que los animales piensan como nosotros ¿o es al revés? Una anécdota que me contó un amigo ilustra el punto, y un experimento que presencié hace años confirma mi tesis.

Cuando sus hijas estaban chiquitas, mi amigo les trajo de un viaje dos muñecas. A la menor que –como suele suceder, se sentía siempre disminuida– le dio a elegir: “He traído dos muñecas, una es para ti y la otra para Charo, escoge la que más te gusta”. La respuesta fue inmediata: “La de Charo”.

Hace años en la casa había un perro muy joven y le encantaba jugar. Una de sus diversiones favoritas era traer su pelota para que se la tiren y luego que se la traten de quitar. Como el perro era ágil y rápido –además de mentiroso– era casi imposible quitarle la pelota. Corría, saltaba por encima de los muebles, se zambullía bajo las mesas, se hacía el que se le cayó la pelota y, cuando estaba cerca, la recogía y echaba a correr. Como el físico ya no me daba para muchas carreras, generalmente el perro terminaba por poner la pelota a mis pies y me pedía que comencemos de nuevo. Esa era la rutina hasta que llegaron mis nietos.

El de tres años era el que jugaba con el perro, y sus posibilidades físicas de quitarle su juguete eran aún menores que las mías. Para comenzar, el perro era de su tamaño, y la daba vueltas como quería. Pero tenía una desventaja: el chico pensaba como él. Cuando el perro le comenzó a poner y quitar la pelota y desesperarlo, el chico optó por otra estrategia: trajo el hueso de jebe del perro y se puso a jugar con él.

Al perro no le tomó mucho tiempo quitarle el hueso, pero entonces el chico se apoderó de la pelota. Para quitarle la pelota el perro tuvo que soltar el hueso y se quedó parado. Había que tomar una decisión ¿que es más importante: la pelota o el hueso? La respuesta fue la misma de la hija de mi amigo: “lo que tiene mi hermano” (el perro creía que mi nieto es su hermano, cuando sólo eran primos). Así, el juego se puso más equilibrado, porque el perro –a pesar de ser mucho más fuerte y rápido– tiene una sola mano y no puede retener ambos juguetes.

No es que no lo haya intentado. Con el hueso en la boca ha empujado la pelota y tratado de llevarla “dribleando”, pero le falta experiencia futbolística, y mi nieto terminaba por quitársela. Para recuperarla, tiene que abrir la boca… y pierde el hueso.

En un momento dado entré a la sala y vi que estaban en descanso. El perro había pedido “tiempo”. Ambos estaban sentados en el piso –uno frente al otro– y entre los dos la pelota y el hueso. El chiquito le estaba hablando en inglés y el perro le contestaba en castellano (sabía que el chico entiende). Los dos estaban a la misma distancia de ambos juguetes y no se movían. Cuando regresé al estudio oí la pelota dando botes; se había reiniciado el juego. Al rato oí los botes irregulares del hueso de jebe y la patinada del perro (uñas sobre el piso) y otra vez la pelota dando botes.

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