
Ha terminado la reunión de Copenhague, donde se discutió cómo librarnos del desastre ecológico cómo evitar que la gente siga elevando la temperatura, destruyendo la naturaleza, envenenando el agua y el aire, etc. Lo cual implica cambiar nuestro modo de vida, reducir el consumo de hidrocarburos, descartar industrias y reducir la presión demográfica.
Cuando Louis Pasteur descubrió en 1860 la transmisión de enfermedades por bacterias –el mayor adelanto individual en la historia de la medicina– plantó una bomba de tiempo. La bomba explotó en la segunda mitad del siglo XX. La reducción de la mortandad infantil y la prolongación de las vida han llenado el mundo de niños y viejos. Los niños crecen y hacen más niños; los viejos somos reacios a morirnos. Como consecuencia, la población se ha quintuplicado… y sigue creciendo.
Por otra parte la gente quiere vivir mejor. Para la mayoría de los humanos esto quiere decir vivir menos mal. En los países desarrollados quiere decir aún mejor. Todos tenemos en común el aspirar a más. Imagino que debe haber unos cuantos que estarían dispuestos a sacrificar algo de lo que tienen por impedir el desastre, pero sospecho que son minoría. Los demás están de acuerdo, siempre que sean otros los que renuncian a sus aspiraciones.
Es fácil imaginar la reacción de los accionistas de una empresa cuyos ejecutivos les dicen: “…ahora van a ganar menos, pero a cambio de eso van a contaminar menos el agua o el aire, o destruir menos bosques”. Sería la misma reacción que obtendría un político que les dijera a sus electores que va a cerrar fábricas, gastar dinero en chimeneas, aumentar los impuestos y dejar gente sin trabajo, para evitar que en el país vecino haya lluvia ácida. A los ejecutivos los largarían al toque y al político no lo elegirían.
Los empresarios, a menos que hubiera una ley que los obligara, no estarán dispuestos a sacrificar sus ganancias para evitar la contaminación. En el caso del político se requeriría una ley internacional que faculte a otros estados a tomar acción. Algunos países han logrado pasar leyes con diversos grados de eficacia, pero a escala mundial resulta poco. En lo internacional, justamente se trata de que el mundo se ponga de acuerdo para no seguirse destruyendo. Pero las condiciones no están dadas porque todavía son minoría los que visualizan las consecuencias. La mayoría va con una agenda destinada a evitar que los obliguen a hacer sacrificios y a lograr, si es posible, que otros los hagan por ellos.
El consumo de energía va con el nivel de vida, algo que nadie quiere sacrificar. Para los más pobres –que son los más– quemar no sólo implica producir gases, sino destruir los bosques que los reciclan, equivalente a quemar la vela por ambos lados. Pero la gente tiene que comer y, una vez que ha comido, asegurar la permanencia de la especie. Es parte del diseño básico de todos los que hemos llegado con vida hasta este año, 6,800’000,000 (millones más millones menos).
Ante las fuerzas naturales que empujan a la humanidad, y la escasa voluntad de hacer sacrificios, la posibilidad de un resultado real en Copenhague era lejana. Esperar que sea el vecino el que haga el sacrificio por el bien común es la naturaleza humana, que ha sobrepoblado el planeta y lo está haciendo leña. Al paso que vamos en unos siglos no quedará nadie para contarlo, lo cual es una pena porque, en el improbable caso de que se vuelvan a dar las condiciones, se repetirá la historia.
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así es… y lo peor es que las pocas iniciativas actuales vienen aupiciadas por las empresas que se niegan a reducir sus márgenes.
Alberto:
También hay que tener en cuenta que las empresas interesadas en mantener el status quo, al menos en cuanto al consumo de hidrocarburos, cuentan con enormes recursos económicos para su lobby.
Saludos
Estimado profesor Unger:
¿Qué opina usted acerca de la tesis del calentamiento global como “gran estafa”?
Me refiero a las notas en torno a un programa de la TV británica (The Great Global Warming Swindle, “La gran estafa del calentamiento global”, del 8 de marzo de 2007), del cual se ha hablado también en los días de la Cumbre de Copenhagen.
Según el programa en mención (hay versión en DVD que se consigue por la web), varios científicos opinan que la emisión de CO2 no tiene nada que ver con el cambio climático, pues éste obedece más bien al efecto de la radiación cósmica y la actividad solar, que, al aumentar, disminuye la formación de nubes y sube la temperatura. De otro lado, argumentan que la emisión de CO2 provocada por el hombre es mínima comparada a la de la naturaleza misma (gases por descomposición de organismos, por incendios forestales espontáneos, etc.).
Gracias de antemano por su respuesta.
Estimado R. Ayala:
El cambio climático es un hecho y su causa es el calentamiento. La relación entre el calentamiento y el CO2 está documentada por muestras de paleoclima obtenidas de testigos de hielo, troncos de arboles,etc. También está demostrado que la cantidad de CO2 en la atmósfera es determinante para la temperatura.
Es más, hace uno 40 millones de años, hubo una época en el que el CO2 pasaba las 1000 ppm , la temperatura global era tan alta que había palmeras en el círculo polar ártico. Luego prosperó una alga llamada azolla que invadió los mares del norte consumiendo CO2 a gran velocidad y en pocos miles de años la temperatura bajó hasta dar lugar a una nueva glaciación.
La variación en la radiación solar en nuestros tiempos, hasta donde sabemos, es mínima y no influye directamente en el cambio climático. El ciclo de actividad solar es de 11 años y tiene influencia sobre las auroras y otros efectos electromagnéticos pero no sobre el clima.
Es importante recalcar que el problema no es el calentamiento global, un par de grados más en promedio, sino el cambio climático que causa. El cambio climático no quiere decir necesariamente más frío o más calor sino un cambio en el tiempo y en el lugar donde estos inciden. Lo mismo es válido para las lluvias y sequias, la nieve y su consecuencia directa que es la inundación.
En otras palabras, tras miles de años de un clima sorprendentemente estable, la agricultura, las obras públicas, el transporte, la arquitectura, etc. se han adaptado a patrones climáticos que se viene repitiendo por cientos o miles de años. Es el cambio de estos patrones el que preocupa por sus evidentes consecuencias.
¡Saludos y gracias!
Estimado Sr. Unger,
Muy cierta esa frase en la que se refiere a que esperamos que el otro haga el sacrificio por el bien de todos. Espero poderlo conocer en persona muy pronto. Finalmente solo deseo hacerle presente mis respetos y profunda admiración.