
Una vez más entramos a la esquizofrenia navideña. El clima ya permite andar en guayabera y los aparatos de aire acondicionado están funcionando (o al menos haciendo ruido y goteando). Es la época en que aparecen los pinos nórdicos, la nieve de algodón y los “Papá Noeles” con botas y traje ártico. Trineos y renos se multiplican en papeles de regalo y avisos. Es la Navidad comercial, que conmemora el nacimiento de un niño en un semidesértico pueblo de Israel.
Las incongruencias de esta fiesta son tantas, y tan diversas, que se requeriría una legión de especialistas para enumerarlas. Los historiadores, sociólogos, lingüistas, meteorólogos, etc. nos dirían –cada uno en lo suyo– los disparates que se combinan para hacer nuestra clásica navidad. Los hispano parlantes tocamos canciones alemanas (con letra en inglés) sobre la larga noche nórdica, a 12° al sur del ecuador. Todo esto para vender juguetes chinos, robots provistos de aniquiladores rayos láser, con los que –en la “Noche de Paz”– los niños pueden jugar al exterminio masivo.
Sin embargo el fenómeno es fascinante. Un motor de la economía, la Navidad es la ocasión para hacer regalos y recibirlos, para enseñar a los niños que –a pesar de que la plata no sobra– si piden algo con suficiente insistencia terminarán por obtenerlo. Sirve también para ver películas viejas que demuestran fehacientemente que, aunque sea sólo un día al año, todos somos buenos.
Personalmente tengo –como decía mi amigo Oswaldo– un “problema existencial” con la Navidad. Hace más de 40 años el General Velasco, además de decidir que el quechua (que él no hablaba) era el idioma oficial del Perú, nacionalizar haciendas, minas y pesqueras, me robó la idea de erradicar a Papá Noel. Hacía años que yo venía escribiendo contra este transplante cultural que rebelaba mi sistema inmunológico, cuando de repente me encontré apoyado por el COAP, cuerpo de consejeros militares de palacio.
Apenas el General le declaró la guerra a Papá Noel, aparecieron calcomanías con “yo –un corazón– a Papá Noel”. Me vi forzado a establecer prioridades: el derecho al mal gusto –o para el caso a cualquier gusto– ante el rechazo al absurdo. No cabe duda de que la libertad de ser huachafo es una de las libertades básicas, mucho más importante que las disquisiciones climático-culturales. Haciendo de tripas corazón me uní al clamor popular a favor de Papá Noel. Desde entonces mis opiniones sobre la Pascua han perdido credibilidad…aunque siguen siendo sinceras.
Hoace años que veo con resignación la huachafería rampante, la “miamización” de Miraflores y los avisos con papanoeles vendedores. Sin embargo hay que ver el lado bueno de esta fiesta de trago y tarjetas con firmas inintelegibles. Se informa con tarjetas a los amigos lejanos que uno todavía no ha muerto. Se come y bebe rico –por lo general en exceso– y se recibe visitas de carteros, barredores, limpiadores de autos, entre otros personajes profundamente interesados en nuestro bienestar.
Podría seguir indefinidamente con la proliferación de ambulantes, las asombrosas mercancías que ofrecen por la ventana del auto y la incongruencia de todo esto… pero tengo que armar el arbolito de Navidad (sí, con estrellita, colgajos y todo) porque…¡llegan mis nietos!
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