
Cuando, hace algún tiempo, hablé de la Soberbia, dije que ésta era la causa de todos los males que agobian a la humanidad. Históricamente, la soberbia fue el primer pecado, y es el que reaparece incesantemente a lo largo de los siglos desempeñando un papel decisivo en momentos cruciales. Tan vinculada está la soberbia al alma humana que, tal vez sin darnos plena cuenta de sus implicancias la usamos como adjetivo para calificar algo que admiramos. Decir “es una mujer soberbia” es hacer un elogio capital.
Tal vez sea por eso que una de las virtudes menos espontáneas es la Humildad, es decir la antisoberbia. Es más, la humildad tiene connotaciones que hacen que sea, en ciertas circunstancias, francamente mal vista. Muchas, veces se dice con condescendencia “es muy humilde” y con desprecio “se humilla”. Churchill dijo de un enemigo que era de “una gran humildad, ampliamente justificada”.
Sin embargo, la humildad es una virtud indiscutible, y todos los grandes hombres siempre la han admirado en los demás. Es más, la verdadera humildad resulta frecuentemente muy difícil de reconocer. Un hombre suficientemente pagado de si mismo puede creerse tan extraordinario que no le importará donde lo sientan en la mesa, los títulos que le dan, ni siquiera si lo reconocen. El resultado será una apariencia de humildad causada por una soberbia a toda prueba. De esto hay muchos ejemplos, pero creo que está empezando en el mundo una nueva época de humildad.
Si bien es cierto que los espontáneamente humildes serán raros, la ciencia y la tecnología modernas están en el proceso de inducir nueva humildad a todos, y nos guste o no, nos tenemos que alinear. La computadora (sobre todo la que tienen en Contribuciones) es un aparato que tiene la virtud de poner a muchos en su verdadera dimensión. Los que se han dado la molestia de averiguar todo lo que supone hacer posible un viaje a la Luna, y los que se han enterado de la cantidad de trabajos que se publican cada año –y que no llegaremos a leer nunca– tienen una nueva motivación para mostrar humildad.
Los cambios que está sufriendo el mundo, y con él los órdenes establecidos, han tenido la virtud de minar más de una soberbia (aunque han servido para crear otras). La manera repentina en la que están desapareciendo las cáscaras de seguridad con las que se sentían protegidos muchos soberbios, ha tenido la virtud de enseñar humildad a más de uno. Un proceso que todos consideramos saludable, mientras no nos toque a nosotros.
Además de estos eventos que han creado un nuevo clima, nuestra autosatisfacción necesita atenuarse con una dosis de humildad, debido a otro proceso: el transcurrir natural de los años. A medida que nos volvemos primero menos jóvenes, y luego más viejos, nos vamos acercando a los puntos niveladores en los que vemos –cada vez con más claridad– que las cosas trascendentales están fuera de nuestro alcance. Así, cuando entregamos la herramienta, todos nos vamos llenos de humildad, cuando ya no nos hace falta…
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